septiembre 26, 2026

Cuando el agua avisa: interrogantes necesarias ante el rigor del clima en Rocha

Escribe Juan M. Jara

El calendario avanza y los pronósticos meteorológicos vuelven a poner sobre la mesa una advertencia que en nuestro departamento conocemos de sobra: el impacto de los eventos climáticos extremos y la recurrencia de fenómenos como El Niño. Para Rocha, el agua no es una abstracción técnica ni un simple informe de radar; es una realidad viva que atraviesa nuestros campos, desborda cañadas, corta caminos rurales e ingresa sin pedir permiso en las viviendas de los barrios más vulnerables de la capital departamental y de las localidades del interior. Frente a este panorama inevitable, cabe detenernos a reflexionar y sobre todo, a formular preguntas directas e impostergables sobre el nivel de previsión real que articula el Centro Coordinador de Emergencias Departamentales (CECOED).

La pregunta de partida parece elemental, pero encierra la diferencia entre la prevención metódica y el mero auxilio improvisado, ¿estamos realmente preparados antes de que caiga la primera gota o seguimos reaccionando cuando el barro ya cubre los tobillos? Todos comprendemos el valor del esfuerzo humano, de los funcionarios municipales, bomberos, policías y efectivos militares que ponen el hombro bajo el temporal cuando la crisis estalla. Sin embargo, la gestión del riesgo moderno exige mucho más que heroísmo en el momento crítico; demanda una arquitectura logística previa, transparente y conocida por toda la comunidad.

¿Cuáles son hoy los planes concretos de mitigación que se han ejecutado en el terreno? En los meses previos a los períodos de lluvias intensas, el mantenimiento de los sistemas de drenaje pluvial suele definir la suerte de manzanas enteras. ¿Se ha llevado adelante una limpieza profunda y sostenida de cunetas, bocas de tormenta, alcantarillados y cursos de agua clave como los zanjones barriales y las cañadas periurbanas? Cuando las hojas, ramas y residuos taponan los cauces naturales, el agua busca salida por donde encuentra menor resistencia, los patios, las cocinas y los dormitorios de las familias trabajadoras. Saber si existe un cronograma preventivo ejecutado al cien por ciento no es una curiosidad burocrática, es una necesidad vital para los vecinos de zonas bajas y asentamientos consolidados.

La misma inquietud se traslada de inmediato a la zona ribereña y a nuestras cuencas más sensibles. Lugares emblemáticos y permanentemente expuestos, como La Riviera, Puerto de los Botes o las inmediaciones de los bañados y lagunas, no pueden quedar librados a la suerte del caudal repentino. ¿Se cuenta con un monitoreo en tiempo real de los niveles de arroyos y cuencas que permita advertir a los pobladores con margen de maniobra suficiente? ¿Existe una comunicación fluida, constante y accesible para que el vecino rural o el pescador artesanal no despierten cercado por la corriente, debiendo improvisar un rescate en medio de la oscuridad?

Estas dudas conducen directamente al segundo gran capítulo de toda emergencia, el protocolo de asistencia a las personas afectadas. Evacuar no es únicamente subir gente a un camión; es contener el desarraigo momentáneo de quien ve peligrar el esfuerzo de toda una vida. En este sentido, ¿dónde están designados los centros de evacuación temporales y en qué condiciones se encuentran hoy? Resulta imperativo tener certezas sobre si los refugios previstos cuentan con infraestructura digna, abrigo adecuado, instalaciones sanitarias desinfectadas y sectorización para resguardar a niños, personas mayores o personas con problemas de salud.

¿Cómo se encuentra organizada la cadena de abastecimiento básico para quienes deban abandonar sus hogares? En situaciones donde los cortes de ruta o el anegamiento de accesos aíslan poblaciones enteras, el aprovisionamiento de agua potable, alimentos secos, raciones calientes y kits de higiene personal debe estar asegurado desde antes del inicio de la temporada de tormentas. ¿Existe un acopio de contingencia verificado en depósitos departamentales, o se dependerá enteramente de transferencias de último momento y de la solidaridad espontánea de la sociedad civil? La generosidad del pueblo rochense siempre ha sido intachable, pero la solidaridad popular no puede suplir las obligaciones orgánicas del Estado y sus comités de emergencia.

Tampoco podemos olvidar qué ocurre puertas adentro de las casas que quedan vacías. Una de las mayores angustias del vecino al momento de ser evacuado es el destino de sus pertenencias, sus herramientas de trabajo y sus animales de compañía o de granja. ¿Existe una coordinación de seguridad específica junto a la Jefatura de Policía para patrullar y custodiar las zonas inundadas e impedir hechos delictivos durante el abandono forzoso? ¿Se han considerado espacios de resguardo para animales domésticos y ganado menor, cuya pérdida desestructura por completo la economía familiar? Si estas garantías no se ofrecen de antemano con claridad, es natural que muchas familias elijan resistir sobre los techos o dentro de sus casas anegadas antes que abandonarlas, elevando exponencialmente el peligro para sus propias vidas y para los rescatistas.

Por último, se hace necesario mirar más allá del pico de la tormenta. ¿Qué previsiones existen para el llamado “día después”? La emergencia no concluye cuando el agua se retira; muy por el contrario, allí comienza la etapa más amarga. Es el momento en que afloran las pérdidas de muebles, colchones y electrodomésticos; el instante en que las paredes húmedas amenazan la salud respiratoria de los niños y las calles de balastro quedan destrozadas e intransitables. ¿Hay fondos de contingencia, materiales de construcción y cuadrillas sanitarias listas para entrar de inmediato a desinfectar y asistir en el retorno a los hogares?

El fenómeno de El Niño no es un factor sorpresivo; la ciencia meteorológica y las experiencias pasadas nos han otorgado tiempo e información suficiente para planificar. Frente a ello, la ciudadanía de Rocha no espera discursos tranquilizadores de ocasión, sino respuestas operativas claras y verificables. El CECOED, como organismo de coordinación indispensable, tiene en sus manos la responsabilidad de demostrar que la planificación vence a la improvisación. Poner estas preguntas sobre la mesa no busca desmerecer esfuerzos, sino exigir la excelencia y la empatía que cada vecino de nuestro suelo merece cuando la naturaleza impone sus pruebas más duras.