OTRA VARIACIÓN DE LA REALIDAD (cuentos)
Parte 2
A Gerardo Beyhaut

La llamada
Nunca confié en los teléfonos; no porque suelan notificar calamidades, sino porque también pueden generarlas. Un mero timbre jamás informa, sólo inaugura. Llegué a entender eso aquella tarde en que me senté a aguardar la muerte de mi padre mientras fingía leer distendido el diario en la biblioteca de mi casa.
Digo «aquella tarde», aunque verdaderamente no estoy seguro de que existiera aquel susodicho lapso de tiempo en un espacio dado…
Sobre los cristales empañados de la ventana arremetía una lluvia que todavía no había dado inicio, y el reloj de péndulo insistía en retroceder, pretendiendo dar acaso con una hora menos culposa.
Las páginas del periódico local cambiaban de fecha cada vez que desviaba la mirada a alguna parte de la habitación. De pronto un titular pertenecía al día siguiente; otro, a un año en que aún no había nacido. Asimismo, la anomalía no llegaba a sorprenderme de sobremanera; la misma ya llevaba semanas manifestándose así, obedeciendo, al parecer, a mis más arbitrarios remordimientos.
Había contratado a un asesino, (no encuentro manera más elegante de declararlo).
Mi padre era un prominente empresario poseedor de comercios, edificios, depósitos, campos y una extraordinaria y aberrante capacidad para seguir respirando consuetudinariamente.
Al cabo de interminables décadas confundí su longevidad con una provocación del tipo personal, hasta la divergencia en que su mera existencia empezó a parecerme un obstáculo administrativo en mi camino a la felicidad. Para materializar semejante idea bastaría con una constrictiva llamada de aquel mismo teléfono y en un parpadeo las escrituras de las propiedades cambiarían de nombre, las cuentas tendrían un nuevo titular y el mismo apellido proseguiría ejerciendo el mismo empoderado dominio, pero ahora entonces bajo mi firma.
Recuerdo, (y me río), cuando le confesé al sicario:
—Hay hombres, como mi padre, que sobreviven por pura terquedad nomás.
Él no respondió, porque un profesional del crimen de su talla sabe que el silencio es la forma más discreta del consentimiento.
Desde entonces, sin saber a ciencia cierta cuál de las dos acciones demanda mayor tolerancia, permanezco, lo mismo que un absurdo limbo, esperando, o muriendo.
Sobre la mesa descansaba el teléfono negro. En ocasiones me parecía un majestuoso animal dormido; otras, un minúsculo ataúd presto a sonar desde adentro. Para abstraerme un tanto, abrí el diario y entonces leí la noticia de un cadáver descubierto por un guardia de seguridad en un callejón del sur. Un sutil disparo en la cabeza; ningún documento, ni ningún testigo del homicidio.
Ni bien doblé la hoja para continuar mi lectura y el artículo había desaparecido como si nunca hubiera estado en la página. En su lugar encontré un aviso fúnebre con mi apellido en prominentes y góticas letras negras.
Solo atiné a sonreír de nuevo; “las imprentas también envejecen”, pensé.
Entonces sonó el teléfono, con un timbre que atravesó la biblioteca con la precisión de una bala musical.
Contesté, y no escuché más que una respiración, seguida de aquella frase.
—Señor, ya está hecho.
La voz desapareció antes de que pudiera responder.
Permanecí inmóvil. No sentí alivio, sino una especie de vacío reacomodándose en mi interior, como si la casa acabara de perder, en un raro litigio, una habitación invisible.
Pocos minutos después llamaron a la puerta. Eran dos policías solicitándome, con fingida amabilidad, que los acompañara a una escena criminal a reconocer un cuerpo. Manifestaron que, en base a ciertos indicios, podría tratarse de mi señor padre.
Mientras el patrullero avanzaba tuve la vívida y singular impresión de que las calles desembocaban en mi biblioteca y no al revés. Las veredas se convertían en intercaladas estanterías; los árboles olían a puro papel húmedo. Bajo el semáforo de una esquina vi caminar a mi padre, y en la siguiente recordé el cortejo de su entierro.
Después volví a percibirlo de niño y comprendí que el tiempo había dejado de transcurrir para comenzar a doblarse sobre sí mismo, al igual que las páginas del diario que aún portaba bajo el brazo.
La lluvia seguía cayendo desde un cielo perfectamente seco cuando arribamos al callejón del crimen y descendí del patrullero.
Tras aproximarme al cuerpo, un inspector levantó lentamente la sábana.
Y al constatar que el infortunado tendido en el charco de sangre sobre los adoquines tenía mi rostro, mi cicatriz, mi alianza y reloj detenido precisamente en la hora en que había recibido la llamada, concebí que el crimen verdadero no era el asesinato tanto como el reconocimiento. Del bolsillo del saco del inerte sobresalía, incluso, el mismo periódico que todavía sostenía entre mis manos.
Retrocedí con el estómago revuelto, y pretendiendo elevar una protesta, acabé increpándoles que aquello no era más que un miserable chiste, una burda muestra de mal gusto; dado que el muerto no podía ser aquella persona, la misma que respiraba y hablaba frente a ellos.
Nadie atinó a responder, ni a volver siquiera la cabeza.
Tras unos segundos descubrí, con un terror casi elegante, que tampoco podían verme.
Atravesé el brazo de uno de los policías intentando vanamente sujetarlo y mis dedos encontraron únicamente el frío.
Fue entonces cuando escuché otra vez aquella voz peculiar.
No provenía del callejón, ni tampoco del teléfono; sino de mi propia biblioteca.
La reconocí de inmediato. Era la voz de mi hijo Álvaro.
Pude verlo sentado exactamente donde yo había estado unos minutos antes, o varios años después.
Sobre el escritorio descansaban las escrituras de mis propiedades y un sobre con dinero.
El teléfono aún oscilaba lentamente sobre su base.
—Señor, ya está hecho —repitió la voz al otro lado de la línea.
Mi hijo cerró los ojos. No lloraba, contaba. Siempre fue muy diestro con los números;
y yo demasiado terco y zopenco para reconocer que algunas herencias no consisten en transmitir bienes, sino eficientes procedimientos.
Yo mismo le había enseñado que toda fortuna puede acelerarse o compendiarse mediante un solapado asesinato.
El pequeño Álvaro no había más que perfeccionado magistralmente aquella lección. La sangre, pensé demasiado tarde, no hereda tanto el color como la ambición.
En el lapso simultáneo en que yo enviaba a matar a mi padre, él muy ladino había enviado a matarme a mí.
Lo tragicómico del caso, es que ahora mismo ignoro quién escribe estas líneas.
Quizá aún sigo siendo aquel hombre arrellanado en su biblioteca aguardando una probable,(o improbable), llamada telefónica que todavía no ocurre.
Quizá soy el cadáver del adoquinado callejón intentando recordar, en su charco de sangre, el instante en que dejó de respirar.
O acaso, incluso, soy mi hijo, muchos años después, leyendo este mismo diario mientras aguarda su respectiva llamada telefónica.
Lo único que sé con certeza es que, cada vez que el teléfono suena, vuelvo a levantar el auricular, para escuchar aquella misma y maldita frase.
—Señor, ya está hecho.
Y en cada oportunidad sigo creyendo que hablan de otro.

La incógnita del dragón
Siempre comienzo la transmisión unos minutos antes de que el juego cargue por completo. Mis seguidores aseguran en sus redes que les place verme esperar. Ignoran que no espero el inicio en sí de la partida, sino en verdad el examen de matemáticas de la mañana siguiente, cuya sola proximidad ha tornado cada número en un animal predispuesto a darme una buena dentellada. Mientras el monitor ilumina la habitación, mi cuaderno de matemáticas permanece abierto sobre el escritorio con una inconclusa ecuación: [ x^2-7x+12=0 ]
Apenas termine, prometo atenderla y resolverla, advierto en voz alta, junto con el personaje que aparece en la pantalla y que promete lo mismo, aunque todavía no lo conozco.
El bosque se despliega paulatinamente en el monitor. No es un escenario, sino una respiración vegetal, donde los troncos semejan columnas carbonizadas de una catedral olvidada y las ramas enlazan sobre mi cabeza un alfabeto que ninguna lengua recuerda. El avatar, que avanza con suma cautela, obedece cada movimiento de mis manos, pero, a medida que avanzo, empiezo a sospechar que soy yo quien reproduce con torpeza los gestos que él decide ejecutar.
Los espectadores se apresuran a escribir en el chat comentarios preventivos:
“Cuidado con la niebla azul”; “No ingreses por la izquierda”; “El dragón aparece de golpe después del puente”…
Aunque los leo, opto por no responder; escucho, en cambio, un rumor semejante al roce de hojas de papel. Posiblemente se trate del bosque, o de las páginas del cuaderno movidas por la ventana de mi dormitorio que juraría haber cerrado.
Prosigo y encuentro el puente.
La madera cruje con una sintaxis antigua. Bajo mis pies, o bajo los del avatar que avanza entre la niebla, corre un río negro donde flotan figuras geométricas tridimensionales; conos, esferas, prismas incompletos. Todos parecen buscar una fórmula capaz de restablecerles un equilibrio que no tienen.
Me percato entonces que el mismo bosque está construido con operaciones irresueltas, donde cada árbol es una incógnita y cada sendero, una demostración interrumpida.
Retrocedo con mi personaje y la perspectiva comienza a plegarse sobre sí misma.
De pronto el puente desemboca otra vez en el mismo claro del comienzo y las sombras anticipan movimientos que todavía no ejecuto. En un instante fugaz descubro, entre los árboles, a un adolescente sentado en shorts frente al monitor de una computadora, cuya pantalla le ilumina el rostro con la misma palidez que ahora siento sobre el mío.
El chico levanta la vista y me observa.
Aunque tiene mis ojos, no me reconoce.
Continúo avanzando; no porque quiera, sino porque el bosque ha decidido o establecido que avanzar y recordar son, en este caso, el mismo verbo.
Las ramas se abren y el dragón aparece.
No surge desde una cueva sino desde la oscuridad existente entre dos fotogramas del juego. Su cuerpo parece formado por brasas y antiguas ecuaciones. Cada escama refleja una versión distinta de mi habitación; en una de ellas estoy estudiando, en otra transmitiendo en vivo, en otra ya estoy muerto.
El animalejo abre sus incandescentes fauces y sus rugidos traspasan los auriculares, luego la habitación y por último mi pecho.
Siento el primer desgarro antes de apreciar la dentellada en la pantalla.
Asimismo, no emito grito. La sangre comienza a brotar tibia y lentamente bajo mi camisa; cubriendo el teclado de un rojo espeso que el videojuego reproduce con exactitud perturbadora. Mis seguidores escriben que los efectos son verdaderamente extraordinarios. Algunos envían aplausos digitales; otros me ruegan que reitere la escena.
De pronto caigo al suelo. La computadora prosigue encendida junto con el avatar.
Mientras la sangre dibuja sobre las baldosas una parábola imperfecta, la ecuación postergada reaparece con una claridad tan avasallante como intolerable.
x² − 7x + 12 = 0.
Busco las raíces. Tres y cuatro; porque tres más cuatro reconstruyen el siete.
Porque tres por cuatro restituyen el doce, y porque toda solución consiste, al fin y al cabo, en encontrar aquello que ya estaba oculto desde el principio.
Sonrío sin saber si, acaso, he resuelto el problema o si el problema me ha resuelto a mí.
La transmisión prosigue, y en la pantalla, un adolescente despierta sobresaltado frente a su computadora. Respira, por un instante, con dificultad. Observa su reloj. Faltan escasas horas para el examen de matemáticas. Abre el cuaderno y descubre una ecuación sin resolver.
Antes de comenzar la partida, les avisa a sus seguidores que terminará el juego rápidamente. Solo necesita atravesar un bosque. Enseguida levantará la vista y creerá, como yo creí, que todavía está a tiempo de apagar la computadora.
Darío Amaral
Datos del autor
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández, (Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental, (Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo, (Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño, (Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón, (El Viento Editor- 2025).




