septiembre 12, 2026

ROCHANA POÉTICA   

Orlando Tocce   

A José Pereyra          

Otrora descubrí desde un alto palco

la escarlata rosa de tu arte escénico,

las cien máscaras del histrión y el aura de Thalía;

el llanto de Melpómene y a Lord Tennesse Williams.

“Tocce” fue tu nombradía, pero también Nólan, Harce

y la declamación sanguínea de Pedro Salinas.

Antaño ceñiste la mano de un crío deslumbrado con tu comedia,

uno que ahora consigna sus jornadas al solitario ejercicio de esculpir

las flamas de su alma en símbolos lesivos a las barbaries del tiempo.

A ultranza, tras una añoranza “Proustiana”, la penumbra punzante y callada

se yergue como lápida tras el perplejo telón de un escenario que reniega

,por igual, de tu destierro como de tu quimera de arlequín con camarín sellado.

Onírica tertulia o bacanal halagüeña, latiendo en un cráneo mefistofélico,

convicción de quien interpreta el  papel póstumo de un animado espectro.

Recién, en este intervalo, es cuando comprendo, amigo mío que,

agotado ya, (en tu vida de tablas), el guion del melodrama,

todo lo demás no es sino silencio entre sombras,

 rehuyendo de más sombras

 y otros tantos silencios…

Milonga de *Hilario Amaral            (octosílabos)

     (1907-1993)

Sirva un dios en evocar

la dignidad del buen hombre,

sopesando en su renombre                          

lo  que no habré de acallar.

Hilario Amaral, señores,

no fue un alarde ni ruido;

resarcía el coraje quieto

de quien conoce el olvido.

Allá por tierras camperas,

tras clarear el lucero,

eran templadas cuchillas

bajo el sigilo del cielo.

No precisaba la faca

para bruñir su renombre;

existen criollos que llevan

tanto el valor como el nombre.

Se fue una vez de la estancia,

por causa de algún entuerto;

los años borran las voces,

pero no eclipsan al muerto.

Quién sabe qué ley secreta

 rige el destino del hombre;

 se apartó de aquella tierra

 sin renunciar a su nombre.

 Anduvo por otros pagos,

 con su silencio a la espalda;

 quizá una pena lo hiriera,

 quizá la pena no hablaba.

Me lo imagino en la noche,

 junto a un fogón apagado,

 mirando el campo infinito

 como quien mira al pasado.

No tuvo el lujo del miedo

ni la soberbia del guapo;

sabía que un hombre se mide

por lo que calla en el trago.

Y los regentes de entonces

 tal vez lo dieron por “ido”;

 pero el destino es un criollo

 que vira el rumbo perdido.

Volvió después a la tierra

con la misma frente alzada;

 no hay más valiente retorno

 que aquel que no exige nada.

La estancia supo su paso,

 le reconoció la huella;

 hasta el tubiano, a su modo,

 debió acordarse de aquella.

No sé si fueron cuchillos,

 ni quién pronunció la afrenta;

 la verdad suele ser magra

 cuando la narran las lenguas.

Sé acerca de un patio y un hombre,

 sobre una querencia y un duelo;

 y que la muerte, esa maula,

 no pide licencia al cielo.

No hubo guitarras ni aplausos,

 ni un relator de renombre;

 la muerte eligió una esquina

 para llevarse a aquel hombre.

Quizá fue muerte de nadie,

 de esas que el tiempo no nombra;

 pero en los pagos perdura

 el valor junto a la sombra.

Hilario Amaral, señores,

 no fue leyenda ni santo;

 fue íntegramente un cristiano

 que no conoció  al espanto.

Yo no lo vi. ¿Qué sabemos

 los que llegamos después?

 Pero hay recuerdos ajenos

 que pesan más que la fe.

 Lo veo por el potrero

 cuando declina la tarde;

 sin más escolta que el cielo

 y sin más ley que su sangre.

Veo que vuelve a la estancia,

 sereno como quien sabe

 que apartarse de la tierra

 es otra forma de hallarse.

El nombre Hilario Amaral

 queda sonando en la pampa,

 como una espuela perdida,

 como guitarra en la calma.

Que el coraje no haga ruido

 ni se venda por la fama;

 un hombre vale por dentro,

 como el fuego bajo brasa.

Si Dios conversa con muertos

 cosa que ignoran los vivos,

 sabrá la ley de aquel hombre,

 de su desvelo y sus bríos.

Sólo canto esta milonga,

 mi pobre modo de honrarlo;

 la guitarra pone el nombre

 y el tiempo habrá de velarlo.

Veo al hombre y su querencia

en su mundo contenidos,

que los ayeres vividos

no los desdice la ausencia.

Desde esta milonga sobria

el sol da a una sepultura,

más de un gaucho allí perdura:

Hilario, Cruz, Fierro y Soria…

(*Hilario Amaral: abuelo del autor.)

Singladura al Paso Real      (soneto)

A Richard “Pelonga” González 

 Entre ladrillos guarda su memoria,

 la calle que desciende hacia el estero;

 y el puente, como un lazo verdadero, 

 arbitra entre dos márgenes la historia.

 Aquí la humilde casa es trayectoria,

 su parra en flor, aljibe y limonero

 viven en cada patio y cada alero,

 y en la voz del vecino hecha de gloria.

 Por el arroyo baja la distancia,

 mientras el barrio, tácito y tenaz,

 conserva entre sus calles su fragancia

 de carro permutado por la paz

 del puente; donde fulge la sustancia

«rochana» en un gorrión con su trinar.

Viejo Almacén  (soneto)

A Carlos Rodríguez

Ya no perfuma el barrio su almacén, 

ni cruje el viejo mostrador de pino;

se ha borrado en la cal su antiguo sino,

bajo asfalto yace entero un terraplén.

Quedó mi calle huérfana de aquel bien

que daba al mediodía su destino:

la yerba, el pan, el parloteo, el vino,

y un saludo que hacía sentirse alguien.

Siento al almacenero, grave y lento,

pesando en su balanza la pobreza,

fiando hasta fin de mes el alimento.

Hoy, apenas al borde de la maleza,

la sombra de una puerta contra el viento

hace eco en un botija que regresa…

                                                             Darío Amaral

Datos del autor

Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.

Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.

Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.

Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).