ROCHANA POÉTICA
Orlando Tocce
A José Pereyra

Otrora descubrí desde un alto palco
la escarlata rosa de tu arte escénico,
las cien máscaras del histrión y el aura de Thalía;
el llanto de Melpómene y a Lord Tennesse Williams.
“Tocce” fue tu nombradía, pero también Nólan, Harce
y la declamación sanguínea de Pedro Salinas.
Antaño ceñiste la mano de un crío deslumbrado con tu comedia,
uno que ahora consigna sus jornadas al solitario ejercicio de esculpir
las flamas de su alma en símbolos lesivos a las barbaries del tiempo.
A ultranza, tras una añoranza “Proustiana”, la penumbra punzante y callada
se yergue como lápida tras el perplejo telón de un escenario que reniega
,por igual, de tu destierro como de tu quimera de arlequín con camarín sellado.
Onírica tertulia o bacanal halagüeña, latiendo en un cráneo mefistofélico,
convicción de quien interpreta el papel póstumo de un animado espectro.
Recién, en este intervalo, es cuando comprendo, amigo mío que,
agotado ya, (en tu vida de tablas), el guion del melodrama,
todo lo demás no es sino silencio entre sombras,
rehuyendo de más sombras
y otros tantos silencios…
Milonga de *Hilario Amaral (octosílabos)
(1907-1993)

Sirva un dios en evocar
la dignidad del buen hombre,
sopesando en su renombre
lo que no habré de acallar.
Hilario Amaral, señores,
no fue un alarde ni ruido;
resarcía el coraje quieto
de quien conoce el olvido.
Allá por tierras camperas,
tras clarear el lucero,
eran templadas cuchillas
bajo el sigilo del cielo.
No precisaba la faca
para bruñir su renombre;
existen criollos que llevan
tanto el valor como el nombre.
Se fue una vez de la estancia,
por causa de algún entuerto;
los años borran las voces,
pero no eclipsan al muerto.
Quién sabe qué ley secreta
rige el destino del hombre;
se apartó de aquella tierra
sin renunciar a su nombre.
Anduvo por otros pagos,
con su silencio a la espalda;
quizá una pena lo hiriera,
quizá la pena no hablaba.
Me lo imagino en la noche,
junto a un fogón apagado,
mirando el campo infinito
como quien mira al pasado.
No tuvo el lujo del miedo
ni la soberbia del guapo;
sabía que un hombre se mide
por lo que calla en el trago.
Y los regentes de entonces
tal vez lo dieron por “ido”;
pero el destino es un criollo
que vira el rumbo perdido.
Volvió después a la tierra
con la misma frente alzada;
no hay más valiente retorno
que aquel que no exige nada.
La estancia supo su paso,
le reconoció la huella;
hasta el tubiano, a su modo,
debió acordarse de aquella.
No sé si fueron cuchillos,
ni quién pronunció la afrenta;
la verdad suele ser magra
cuando la narran las lenguas.
Sé acerca de un patio y un hombre,
sobre una querencia y un duelo;
y que la muerte, esa maula,
no pide licencia al cielo.
No hubo guitarras ni aplausos,
ni un relator de renombre;
la muerte eligió una esquina
para llevarse a aquel hombre.
Quizá fue muerte de nadie,
de esas que el tiempo no nombra;
pero en los pagos perdura
el valor junto a la sombra.
Hilario Amaral, señores,
no fue leyenda ni santo;
fue íntegramente un cristiano
que no conoció al espanto.
Yo no lo vi. ¿Qué sabemos
los que llegamos después?
Pero hay recuerdos ajenos
que pesan más que la fe.
Lo veo por el potrero
cuando declina la tarde;
sin más escolta que el cielo
y sin más ley que su sangre.
Veo que vuelve a la estancia,
sereno como quien sabe
que apartarse de la tierra
es otra forma de hallarse.
El nombre Hilario Amaral
queda sonando en la pampa,
como una espuela perdida,
como guitarra en la calma.
Que el coraje no haga ruido
ni se venda por la fama;
un hombre vale por dentro,
como el fuego bajo brasa.
Si Dios conversa con muertos
cosa que ignoran los vivos,
sabrá la ley de aquel hombre,
de su desvelo y sus bríos.
Sólo canto esta milonga,
mi pobre modo de honrarlo;
la guitarra pone el nombre
y el tiempo habrá de velarlo.
Veo al hombre y su querencia
en su mundo contenidos,
que los ayeres vividos
no los desdice la ausencia.
Desde esta milonga sobria
el sol da a una sepultura,
más de un gaucho allí perdura:
Hilario, Cruz, Fierro y Soria…
(*Hilario Amaral: abuelo del autor.)
Singladura al Paso Real (soneto)

A Richard “Pelonga” González
Entre ladrillos guarda su memoria,
la calle que desciende hacia el estero;
y el puente, como un lazo verdadero,
arbitra entre dos márgenes la historia.
Aquí la humilde casa es trayectoria,
su parra en flor, aljibe y limonero
viven en cada patio y cada alero,
y en la voz del vecino hecha de gloria.
Por el arroyo baja la distancia,
mientras el barrio, tácito y tenaz,
conserva entre sus calles su fragancia
de carro permutado por la paz
del puente; donde fulge la sustancia
«rochana» en un gorrión con su trinar.
Viejo Almacén (soneto)
A Carlos Rodríguez

Ya no perfuma el barrio su almacén,
ni cruje el viejo mostrador de pino;
se ha borrado en la cal su antiguo sino,
bajo asfalto yace entero un terraplén.
Quedó mi calle huérfana de aquel bien
que daba al mediodía su destino:
la yerba, el pan, el parloteo, el vino,
y un saludo que hacía sentirse alguien.
Siento al almacenero, grave y lento,
pesando en su balanza la pobreza,
fiando hasta fin de mes el alimento.
Hoy, apenas al borde de la maleza,
la sombra de una puerta contra el viento
hace eco en un botija que regresa…
Darío Amaral
Datos del autor
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).





