Concurso Asadores de la Escuela Agraria: identidad de la institución y de la gente de nuestra tierra
Escribe Juan M. Jara
El rocío todavía pesaba sobre el pasto cuando el primer chasquido de la leña rompió el silencio de la madrugada en los fondos de la Escuela Agraria. Quien conoce la vida de campo sabe que las cosas verdaderamente importantes se empiezan temprano, con el lucero todavía colgado en el horizonte, el aliento dibujando nubes tibias contra el aire fresco y la pava buscando el hervor sobre las primeras brasas. Así arrancó, una vez más, la clásica jornada del concurso de asadores que cada año convoca a la comunidad entera en torno al fuego; una cita que hace tiempo dejó de ser un simple evento de calendario para consolidarse como parte entrañable de la identidad de la institución y de la gente de nuestra tierra.
No se trata simplemente de un certamen culinario ni de una pulseada entre vecinos para ver quién saca la costra más dorada o el punto más tierno. Es, ante todo, una declaración de principios sobre lo que significa la educación agraria, la cultura del trabajo y el arraigo rural. En estos predios, donde los gurises aprenden a diario el valor del esfuerzo cotidiano, el cuidado de la tierra y el respeto por los ciclos biológicos de la producción, prender un fogón tiene un sentido hondo y telúrico. Es el eslabón final y consagratorio de una cadena que empieza en la pastura, sigue en el trabajo silencioso y anónimo de la manga y culmina sobre los hierros calientes, rindiendo un homenaje sincero a la materia prima y al sudor de quienes dedican su vida a producirla.
A media mañana, el predio de la escuela ya era un hervidero de paisanos, familias, vecinos y estudiantes de distintas promociones. Cada puesto tenía su propia liturgia, su propio modo de entender la paciencia y el fuego. Estaba el que acomodaba el costillar a la cruz buscando el viento justo con minuciosidad de cirujano, clavando el fierro en el ángulo preciso para que la llama no arrebatara la carne. Cerca de allí, los que preferían la parrilla tendida cuidaban el calor de la brasa de coronilla y espinillo como quien custodia un tesoro antiguo, midiendo la distancia con la palma de la mano cada tanto para asegurarse de que el calor fuera constante y parejo.
Especial emoción despertaban aquellos equipos integrados por los propios alumnos, muchachos y muchachas que, bajo la mirada atenta y cómplice de sus docentes e instructores, aplicaban la técnica aprendida con la seriedad y el aplomo de los veteranos. Alrededor de cada fogata no faltaba el mate amargo que pasaba de mano en mano, las anécdotas de zafras pasadas, la guitarra que arrancaba alguna milonga descolgada y esa charla pausada, serena, que solo florece cuando el fuego manda los tiempos y desactiva las urgencias del reloj.
En una época donde tantas cosas se vuelven impersonales, descartables y apuradas, ver a distintas generaciones codo a codo frente a las brasas es una lección viva de pedagogía comunitaria. La Escuela Agraria cumple aquí un rol formativo y social que excede con creces las cuatro paredes de un aula, los laboratorios o los galpones de práctica. Funciona, en el sentido más puro del término, como el gran punto de encuentro entre la memoria viva que traen los mayores y el futuro que empujan las nuevas generaciones con ganas de progresar sin perder el rumbo.
En esa transmisión oral y espontánea de secretos el punto exacto de la salmuera, la altura del fierro, el aroma que delata la cocción por dentro o el momento irrepetible de dar vuelta la pieza se transmite también un código invisible de respeto mutuo, humildad, solidaridad y camaradería. Valores esenciales que no figuran en ningún programa de estudio ni en ningún manual formal, pero que resultan indispensables para formarse como personas de bien en cualquier rincón del suelo patrio.
Cuando promediaba la tarde y los jurados comenzaron su recorrido parcela por parcela para degustar y dar su veredicto, la competencia en realidad ya había cumplido su verdadero cometido. Los aplausos para los ganadores fueron sinceros, generosos y ruidosos, como corresponde a toda fiesta popular bien nacida y parida desde abajo. Sin embargo, el triunfo mayor quedó repartido de forma pareja y colectiva entre todos los que arrimaron el hombro para levantar los tablones, servir las mesas, atender la cantina y colaborar con el sustento de la escuela.
Al caer la tarde, mientras el humo blanco se iba disolviendo con lentitud contra el cielo inmenso de campo y las cenizas empezaban a enfriarse en la tierra arada, quedó suspendida en el aire esa sensación reconfortante y limpia del deber cumplido. La jornada anual de los asadores volvió a demostrar que la Escuela Agraria no es solamente un centro de formación técnica y agropecuaria; es el corazón palpitante de nuestra campaña, un faro de resistencia cultural y un hogar compartido donde el saber, el porvenir y la tradición se siguen forjando con orgullo al calor del mismo fuego.




