octubre 31, 2026

DE GAUCHOS Y MATREROS        (Parte 1)     

A Matías Terra

El gaucho: Martín Fierro

“El que me juzgue la vida

 escuche primero el ruego;

 no se lamente mi juego

 si la suerte me lo tuerce;

 que yo soy, sepan usar merce, 

Martín Fierro, y nada más”.    (Martín Fierro- José Hernández)

Subyace una riesgosa superstición atribuible a los hombres de frontera consistente en argüir que un muerto, si fue lo suficientemente desgraciado en tanto respiraba, puede sobrevivir, a falta aun de un cuerpo, en la enrevesada memoria de quienes le ejecutaron y borraron con saña de este mundo. Asimismo, ignoro si tal superstición sea apócrifa; aunque sé que, al cabo de los años, me ha impedido conciliar el sueño y mantener avivada en la noche la flama de un farol, al igual que una suerte de aura veladora.

Tal parece, la historia ocurrió en una pulpería sin nombre de nuestro suelo, aledaña al Cebollatí, en un invierno de fecha incierta. No consignaré el nombre preciso del pago ni tampoco el del pulpero; el primero se ha perdido en la madeja de disímiles versiones y el segundo, según me confieren, murió sin constatada descendencia.

De los acontecimientos que siguen, algunos los presencié y otros, en mayor parte, me fueron referidos por un viejo tropero que acaso llegó a soñarlos alguna de sus desoladas e insanas noches galponeras. Esta distinción, que suele ser indefectible en los documentos judiciales, carece, sin embargo, de toda relevancia en una historia cuyo protagonista, al final, y pese a todo presumible escepticismo, debió perecer más de una alcanzable oportunidad de veces.

Yo era entonces un muchacho y creía, como creen los mortales que todavía no han sido desmentidos por la vida, que cada hombre es autor obsecuente de sus actos y propietario plenipotenciario de su destino. Sin imaginármelo, la experiencia me enseñó que semejante creencia no es más que otra forma de vanidad y acaso nos termine sucediendo lo que antes le sucedió en otra parte a otro ser, y nuestras decisiones no sean sino, en definitiva, la reiteración de decisiones ajenas, en donde cada rostro encubre a un hombre que le precedió y que, por un error de la memoria, llamamos “nosotros”.

A Martín Fierro lo vi una tarde de julio en que la pradera  parecía haber sido despojada de sus cálidos matices en degradé. Estaba acodado sobre el mostrador poblado de botellas, con una guitarra descansando como un hurón amansado sobre su regazo. Percibí que no era alto ni particularmente fuerte. Tenía el rostro enjuto, la barba descuidada y los ojos de un gris que no correspondía a ninguna edad concreta. Un poncho oscuro le cubría la anchura de los hombros; junto a la puerta, un tubiano esmirriado esperaba con la resignación de los animales que han aprendido a no confiar en ningún ser erguido y parlante que los monte.

Lo reconocí antes de que me dijeran su nombre. Hay hombres cuya fama los precede y otros a quienes la fama sobrevive; Fierro pertenecía a la segunda estirpe. Su nombre se había dado a conocer en la pulpería mucho antes que su persona, conferido por soldados, troperos, desertores y payadores. Cada uno le había añadido un crimen o una virtud a discreción, hasta que el hombre verdadero, si alguna vez lo hubo, debió de resultar irreconocible incluso para sí mismo.

—¿Es usted Martín Fierro? —le pregunté cuando lo tuve al alcance.

Me miró con una atención sin curiosidad.

—Eso parece.

—¿Cómo puede parecerlo?

—Porque me lo pregunta cada uno que entra a la pulpería.

Sin más, volvió a la guitarra; pulsó una cuerda y escuchó el sonido como quien escucha una sentencia pronunciada en una lengua que ya no recuerda.

Yo había oído que Fierro era prudente cantor; también sabía que había despachado a un hombre llamado el Moreno, aunque ignoraba los pormenores de ese duelo. Intrigado, me animé a preguntarle si era cierto.

—¿Qué cosa?

—Que usté mató al Moreno.

—Sí.

La respuesta, más por insulsa, me decepcionó. Esperaba una posible negación, una justificación o hasta alguno de esos ardides o patrañas que los hombres elaboran para defender la parte de sí mismos que todavía reconocen inocente.

—¿Por qué lo hizo?

Fierro apoyó con lentitud la guitarra contra el mostrador.

—Bueno, porque ambos estábamos vivos y uno tentaba más que el otro a la muerte.

Al no entenderle, no tardé en pedirle  que se explicara mejor.

—Cuando dos hombres se descubren con un facón en mano, muchacho, uno de los dos termina por sobrar; lo que viene después de eso es sólo literatura.

Aquella palabra, pronunciada por un gaucho en una pulpería, me pareció bastante singular. La recuerdo muy bien porque fue la primera vez que sospeché que aquel hombre conocía su propia leyenda, pero probablemente también desconfiaba de ella.

El viejo pulpero, que hasta entonces había fingido ocuparse de unas botellas de ginebra, de pronto intervino:

—Dicen que el Moreno tenía un hermano.

Fierro apuró su grapa y levantó la cabeza.

—Todos los hombres tienen un hermano; pasa que algunos lo encuentran demasiado tarde.

Dicho esto, el vasco se persignó; yo me reí, pero mi risa se fugó cuando vi que Fierro, inmutable,  tampoco sonreía.

Apenas empezaba a oscurecer, como traído por el pampero, se apersonó un desconocido. Vestía de negro y llevaba una faja roja; era joven, aunque su cara cargaba esa gravedad prematura que a veces se observa en los criollos que han sido educados por el rencor. No saludó a nadie.

Se acercó entonces a Fierro y dejó sobre el mostrador un cuchillo envuelto en un pañuelo.

—Vengo por el Moreno —dijo.

Fierro lo observó sin inmutarse:

—Llegás tarde.

—Eso me han dicho.

—¿Quién sos?

—El hijo.

Fierro no respondió. El desconocido desató lentamente el pañuelo y expuso el cuchillo sobre la madera; la hoja estaba oxidada y el cabo tenía una grieta visible.

La frase del forastero me resultó, en verdad, extraña. Los hombres que buscan venganza suelen hablar de honor, de sangre o de justicia; rara vez aluden al derecho a vivir, como si la vida fuera una suerte de propiedad que pudiera discutirse ante un juez.

Fierro limpió la barba en torno a su boca y se  levantó.

—Güeno, marchemos afuera.

Antes de salir, se volvió hacia mí.

—Mejor no “vengás”.

Naturalmente, apenas salieron, los seguí.

Detrás de la pulpería había un corral abandonado cubierto de bostas secas, cercado por postes de ñandubay que el tiempo había inclinado hacia el mismo flanco. La luna todavía no había despuntado. En el cielo, las primeras estrellas parecían agujeros abiertos a balazos sobre una tela negra.

—Por este mismo “jeito” he venido— dijo el forastero blandiendo su puñal, y avanzó como si un brazo invisible lo hubiera empujado.

Apenas se estrecharon los espacios, no hubo sitio para alguna otra palabra.

El primer encuentro fue breve. Fierro desvió la acometida del cuchillo y le abrió al muchacho la manga de la camisa. El segundo terminó con ambos hombres separados apenas por unos pasos. Al tercero, el joven cayó de rodillas sobre las bostas  y Fierro le apoyó la punta del arma debajo de la mandíbula.

—Se acabó —dijo.

El muchacho levantó la cabeza con los ojos encendidos e inundados al unísono.

—Todavía no.

Arrojó su cuchillo y se abalanzó, como un toro, sobre el veterano con las manos desnudas. Fierro retrocedió, trastabilló y ambos cayeron al suelo. No pude ver con claridad lo que ocurría. Escuché un golpe, una respiración entrecortada y luego un intestino silencio.

Cuando me acerqué, el joven miraba fijo la oscuridad del cielo, pero estaba muerto.

Me incliné sobre el cuerpo y constaté que su rostro me era familiar, aunque no podía precisar de dónde lo conocía. Tenía la misma cicatriz junto a la oreja izquierda que había observado en el rostro del veterano; también llevaba, bajo la camisa, un escapulario de cobre. Lo abrí.

En el interior había una estampa ennegrecida y, en el reverso, una fecha. Era la fecha de un duelo ocurrido varios años antes, según pude comprobar después en un documento que conservaba un conocido juez de paz.

El documento detallaba además  la muerte de un hombre cuyo nombre, pese a la averiguaciones, no había podido establecerse. El testigo afirmaba que el muerto llevaba una faja roja y que, antes de expirar, había pronunciado estas singulares palabras:

“No me matás, Martín. Me recordás.”

Fierro miró por encima de mi hombro.

—¿Qué encontraste gurí?

Le mostré el escapulario.

Lo vió sin decir palabra. Al primer crepúsculo, ensilló el pingo y se marchó.

El cuerpo del joven había desaparecido del corral. El pulpero aseguró que nadie lo había retirado, pero sobre la bosta del corral quedaron las huellas de dos caballos que se alejaban en direcciones opuestas.

Durante años procuré olvidar, vanamente, aquella noche, adherida a mí como una sombra. Viajé por la frontera, conocí a hombres, de variado pelo, que juraban haber combatido junto a Fierro y a otros que aseguraban haberlo visto morir. Uno me garantizó que había terminado sus días en la soledad de un olvidado y perdido rancho entre las sierras; otro, que cruzó el río en una inundación y se perdió para siempre. Todos hablaban con la misma convicción y, al unísono, más allá de su grey, todos se contradecían.

Mucho después, en Montevideo, encontré una copia del documento judicial que he mencionado. El nombre del muerto había sido agregado al margen, con una tinta diferente: Martín Fierro.

Hay una última circunstancia que debo referir. En años posteriores a aquellos hechos, cuando ya había abandonado toda esperanza de conseguir comprenderlos, recibí una guitarra enviada desde un pueblo de la frontera. No llevaba remitente; en el reverso de la caja alguien había grabado sólo una frase:

“Para el que quiera saber quién fue Martín Fierro”.

La examiné al cabo de mucho tiempo; las cuerdas estaban flojas, la madera cargaba manchas oscuras de humedad y en el interior había una hoja doblada. La abrí.

Solo contenía dos líneas:

“El Moreno nunca tuvo hijos”.

He llegado a concebir que la historia de Martín Fierro no es la de un hombre perseguido por la justicia, sino la de un hombre perseguido por las posibilidades de sí mismo. Desde ese lugar, cada muerte le habría quitado una vida que pudo haber vivido; por su parte, cada enemigo habría sido una versión de su destino, en tanto que cada relato, en su línea discursiva, representaría una nueva tentativa de fijar una identidad que, (a todo), se le escapaba.

Tal vez el Moreno fuera Fierro y Fierro, a su turno, el Moreno. Tal vez, incluso, el joven abatido en el corral fuera el único hombrecillo que, eventualmente, había conseguido vislumbrar que la venganza consiste en obligar al asesino a ocupar el lugar de su víctima. Asimismo, no amparo tal argumento.

Únicamente recuerdo que, al amanecer, pude ver a Fierro alejarse sin prisa por el camino con su guitarra a la espalda; el tubiano avanzaba resignado sorteando los matorrales y el gaucho, con su vista en el horizonte rosáceo, no se dignó nunca a virar la cabeza. Durante un instante me pareció que su sombra cabalgaba delante de él, como si conociera el camino y estuviera esperándolo en algún lugar,(venidero), del campo. Al rato ambos desaparecieron.

Con los años no he cedido a descreer que aquella sombra, aunque inadmisible, no coincidiera con la de Fierro; sino con la del hombre que lo había asesinado. Porque quizá la última forma de  justicia divina no consista en castigar, en efecto, sin dilación al culpable sino, todo lo contrario; forzarlo a vivir reiteradamente la vida fatal de su víctima.

A lo mejor Martín Fierro, que tantos años vagó huyendo de los hombres, haya al fin, entonces, terminado por encontrar al único y más cierto enemigo que nunca pudo sortear:

el hombre que habría sido si una noche, en una pulpería aledaña al Cebollatí, hubiera decidido no desenvainar su cuchillo.

                                      El matrero: Martín Aquino

“La vida es una sombra que camina” (William Shakespeare)

Nací bajo un horizonte que no recuerdo en detalle y en un llano que aún hoy se me figura anterior a Dios; sin certeza de sus fronteras, con caminos más antiguos que los pueblos y parajes de nombres cambiantes, según quien los pronunciara. De mi infancia me restan algunas escasas imágenes, acaso verdaderas, como el resplandor de un cuchillo sobre la mesa de pino, el olor del cuero mojado, una amena voz de mujer que me llamaba desde el fondo de una casa y el silencio que seguía a su llamado cuando yo no respondía. Lo demás pertenece a esa región incierta donde la memoria y la invención logran confluir y confundirse, y donde los hombres, al envejecer, acaban por recordar no lo que sus almas vivieron, sino lo que necesitan haber vivido.

Fui matrero. La palabra, que en boca de los hombres de ciudad parece anteponer  una especie de pernicioso animal nocturno, tuvo para mí un significado bastante más desprovisto; era la forma que había elegido para no pertenecer a nadie, en un mundo dividido entre quienes podían detenerse y quienes debían continuar. Por supuesto, no tardé nada en comprender que la libertad, cuando se ejerce sin testigos, se asemeja en exceso a la soledad; y que la soledad, dilatada durante años, acaba por asimilar los distintivos rasgos de una fragante condena.

No atribuí esa idea a ninguna superstición; hace rato había aprendido que el miedo es un geómetra laborioso que prolonga una sombra hasta convertirla en camino y descubre, en la oscuridad, puertas que jamás nunca existieron. Asimismo, debo reconocer que hubo noches en que, al desmontar el pingo, descubría en el barro las huellas de un caballo que parecía haber llegado antes que el mío. Cuando me decidía a seguirlas durante un trecho, sabía de antemano que me arrepentiría, pues las marcas siempre terminaban conduciéndome, como en círculo, al mismo sitio donde yo había resuelto pasar la noche.

Una madrugada diáfana, cerca de un monte bajo, encontré a un hombre sentado junto a un fogón casi extinto. Vestía de oscuro, llevaba el sombrero echado sobre los ojos y tenía, apoyado entre las rodillas, un cuchillo cuya hoja reflejaba una claridad que todavía no había amanecido.

—¿Quién sos? —le pregunté.

Cuando el sujeto levantó la cabeza, acaso para contestar, descubrí mi rostro entero en su jeta.

En un pestañeo cavilé que el mundo, cuando se fatiga, falla y deja de ser una sucesión de causas y efectos para convertirse, sino en un caos, sí en un convincente acertijo cuya solución nos concierne demasiado. Yo había enfrentado a hombres capaces de matarme y a otros que necesitaban matarme para convencerse de que existían; pero nunca antes me había sentido acorralado por una presencia que amenazara la certeza de que, ella también, me pertenecía.

Atiné a preguntarle de dónde venía. Dijo que de un lugar que yo aún no había visitado; le pregunté entonces adónde se dirigía. Me contestó que al mismo sitio del que yo intentaba escapar.

—¿Pero qué buscás?

—A vos, “jue puta”.

No sé cuánto duró nuestro diálogo, tal vez el tiempo que requiere un mortal para descubrir que ha pasado la vida entera respondiendo preguntas que él mismo se formuló en un principio. Cuando quise obligarlo a levantarse, advertí que el cuchillo que tenía entre las rodillas era, como supuse, idéntico al mío. En la empuñadura, gastadas por el uso, estaban grabadas las iniciales M. A.

Fue en una pulpería de Fraile Muerto,  donde comprendí que mi nombre había dejado de pertenecerme, lo mismo que mi destino.

La noche permanecía detenida. En el interior, unos hombres jugaban al truco bajo una lámpara de grasa, y un guitarrero, cuya voz parecía fugarse de un pozo, cantaba una historia sobre cuchillos, mujeres perdidas y hombres que morían sin alcanzar a saber por qué. El pulpero limpiaba un vaso con un trapo que parecía ensuciarlo más. Afuera, los caballos resoplaban y movían las patas en la oscuridad.

Yo había entrado para beber un trago y seguir viaje. No pretendía compañía, y menos aún una disputa. Sin embargo, apenas ingresé, un hombre que estaba junto a la puerta me miró con una atención que me resultó intolerable.

Pedí ginebra, levanté el vaso y bebí. Me pareció que aquella conversación cercana no me concernía, como si aquel hombre estuviera representando una escena que ya había ocurrido en otra parte, ante otros testigos, bajo una lámpara semejante.

—¿Cómo te llamás? —le pregunté al mirón de la puerta.

—Martín Aquino.

Los hombres dejaron de jugar. El guitarrero apoyó una mano sobre las cuerdas que se enmudecieron. El pulpero, que hasta entonces había parecido indiferente a cuanto sucedía en su establecimiento, se quedó expectante con el vaso y el trapo en las manos.

Por primera vez en muchos años, presentí algo peor y superior que el miedo: la vergüenza de no comprender, o lo que comúnmente resumen llamando confusión.

Lo que siguió después fue breve. Los hombres retrocedieron, las sillas cayeron y alguien debió gritar que nos separaran. Vi la hoja del otro avanzar en dirección a mi pecho y, al mismo tiempo, sentí el golpe de mi propia mano. No podría afirmar quién hirió primero. En los duelos, la memoria suele concederle al sobreviviente una prioridad que los hechos no siempre pueden justificar.

Asimismo, el joven fue quien cayó de espaldas.

Me incliné sobre él y vi que la sangre le ennegrecía la camisa. Sus ojos, abiertos, miraban algo que estaba por encima de mí, quizá el farol del techo, quizá una región que los vivos no alcanzamos a descubrir de una.

—¿Decime quién sos? —le pregunté.

Movió los labios.

Creí oír mi nombre.

Después se ahogó en su sangre y murió.

Recién ahora lo entendía. No había visto a un mero desconocido, sino al muchacho que yo mismo fui antes de que el miedo, la violencia sin límite y los caminos me convirtieran en aquella fatalidad que los hombres daban en nombrar “Martín Aquino”. El desdichado joven de la pulpería era, acaso, otra posibilidad de mí; la que habría podido vivir si yo hubiese tomado una decisión diferente, si alguna noche hubiera elegido la retirada en lugar del cuchillo y el templado silencio en lugar de la amenaza.

Tales explicaciones pecan, lo sé, de ser demasiado cómodas. Un hombre que ha asesinado a otro necesita creer que su víctima era distinta de él; necesita establecer una frontera, aunque sea imaginaria, entre la impía mano que hiere y la  carne herida que empieza a enfriarse. Yo no pude hacerlo. El muerto portaba mi nombre, mi rostro y mi rencor en su existencia. Si había cometido un crimen, lo había cometido contra una parte de mí mismo.

Muchas veces oí que Martín Aquino había muerto. En una ocasión, un paisano me contó que lo habían visto caer bajo las balas de una partida; en otra, una mujer juró que el matrero había cruzado la frontera y que vivía con otro nombre mayor. Hasta un viejo soldado sostuvo que Aquino no había existido nunca y que era una burda y malintencionada  invención de los periódicos y de las conversaciones de pulpería, una figura compuesta con los trazos de los  crímenes de muchos hombres.

No discutí con ninguno, pues creía entender que lo que designan como  “fama”no es sino otra modalidad, o suerte, de supervivencia que no requiere la presencia del cuerpo. Un paisano puede perecer y seguir cabalgando en la boca de los demás; puede estar vivo y ser ya una erguida leyenda; lo que, en otras palabras, equivale a ser una flagrante mentira que nadie se toma el trabajo de corregir.

Una tarde, mientras cruzaba un campo abandonado, encontré una cruz de madera junto a un sendero. No tenía inscripción. Me detuve y desmonté. Al pie de la cruz había una piedra plana, y sobre ella alguien había dejado una vaina vacía.

Tras recogerla, en el acto supe que mi castigo no consistía en morir, sino en seguir viviendo con la sospecha de que, en alguna parte, otro Martín Aquino continuaba naciendo, creciendo y aprendiendo a odiar. Cada ocasión que yo blandía el cuchillo, le daba una nueva razón para existir y nutrir su desprecio. Cada vez que le truncaba la vida a alguien, preparaba el camino para que otro hombre, con mi cara y mi nombre, viniera a buscarme. Acaso por eso, y por ninguna otra razón, sabía que nunca conseguiría salir ileso.

La campaña parecía extenderse hasta el fin del mundo, aunque yo había vivido dentro de un recinto más estrecho que una celda: la repetición de mis actos. Mutaban los pueblos, los caballos, las mujeres y los perseguidores, pero permanecían el artero cuchillo, el brote de la sangre y el hombre que, después de cada crimen, se alejaba creyendo haber dejado atrás a un muerto más.

Esta afirmación podrá resultar absurda, pero los hombres suelen conceder a la muerte una puntualidad que solo existe en los registros. La fecha de una defunción no es necesariamente la fecha en que un hombre deja de existir; a veces es apenas el día en que los demás se ponen de acuerdo para no seguir aguardándolo.

Durante mucho tiempo seguí cabalgando, o soñé que cabalgaba. Vi pueblos que ya no reconocí, estancias donde nadie recordaba mi paso y caminos que parecían conducirme siempre hasta la misma pulpería. En cada lugar encontraba a alguien que había oído hablar del matrero Aquino. Unos lo describían corpulento y calmo; otros, bajo e insanamente pendenciero. Para algunos tenía una cicatriz hereje en el rostro, en tanto que  para otros, una mirada de santo. La mayoría coincidía en que era riesgoso cruzárselo, aunque ninguno podía explicar con precisión qué delito había cometido, dónde y contra quien.

Ingresé cansado, me senté junto a la puerta y pedí una copa de ginebra. El pulpero la dejó delante de mí sin mirarme. Al contemplarme las manos, vi que eran manos de un hombre viejo, cruzadas por venas oscuras y cicatrices que ya no recordaba haber recibido.

Entonces se abrió la puerta y entró un muchacho de pañuelo rojo. Tenía el rostro que yo había visto en el hombre del fogón y en el joven que murió aquella noche. No parecía sorprendido de encontrarme. Se acercó a mi mesa, apartó la silla y se sentó frente a mí.

—Así que vos sos Martín Aquino —emitió decepcionado.

Lo miré largamente.

Esta vez no sentí miedo ni vergüenza, sino una fatiga inmensa, la fatiga de quien ha llegado al final de un camino y descubre que el final es el lugar del que partió.

No desenvainé; no tenía cuchillo ni ganas de defenderme. Atiné a permanecer sentado, contemplando al joven que avanzaba hacia mí, y sentí una extraña compasión por él. En sus ojos reconocí con diáfana claridad la misma soberbia que me había escoltado desde la infancia, la misma soledad disfrazada de coraje y la misma ignorancia de quien confunde el destino con una elección.

—¿Quién sos? —le pregunté antes de entrecerrar mis ojos para facilitarle la faena.

Él respondió con mi nombre.

Datos del autor

Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.

Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.

Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.

Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).