Miguel Rivadavia: cinco meses en el mar y una aventura que dio la vuelta al mundo de polo a polo
El rochense integró una parte de la expedición «Vuelta Vertical», un desafío náutico que busca completar una circunnavegación del planeta de polo a polo. Durante más de cuatro meses navegó por algunos de los mares más hostiles del mundo, sobrevivió a olas gigantes, pasó 65 días sin ver tierra y vivió una experiencia que define como inolvidable.
Hay experiencias que transforman para siempre a quienes las viven. Para Miguel Rivadavia, esa experiencia llegó a bordo de un velero que desafió algunos de los mares más extremos del planeta, formando parte de la expedición internacional Vuelta Vertical, una travesía inédita que propone recorrer el mundo desde un polo hasta el otro.
Invitado a compartir su historia, Rivadavia relató cómo una amistad nacida durante un viaje anterior a la Antártida terminó convirtiéndose en una invitación imposible de rechazar.
Todo comenzó cuando conoció a Pedro y Paula, impulsores del proyecto. Ambos planificaban una vuelta al mundo diferente: no siguiendo el recorrido tradicional de este a oeste, sino uniendo ambos polos del planeta en una travesía única. Cuando el velero pasó por Uruguay, Miguel se puso en contacto con ellos y recibió una propuesta inesperada: sumarse a una de las etapas más exigentes del viaje.
El apoyo de la familia
Antes de aceptar, la decisión pasó por su familia. Sin embargo, la respuesta fue inmediata.
Su esposa, sus hijos y su entorno más cercano no dudaron en alentarlo a vivir la experiencia. «Aprovechá ahora que podés», fue el mensaje que terminó inclinando definitivamente la balanza.
Un hombre de mar
La invitación no llegó por casualidad. Miguel es patrón de pesca y durante años trabajó profesionalmente en el mar. Aunque hacía tiempo que no navegaba, su experiencia y conocimientos fueron fundamentales para integrarse a la tripulación.
El viaje anterior a la Antártida había reavivado esa pasión y terminó siendo el puente hacia esta expedición internacional.
Más de cuatro meses de navegación
La travesía comenzó en Piriápolis el 30 de diciembre. Desde allí navegaron hacia Mar del Plata para completar el aprovisionamiento antes de dirigirse al océano Austral.
La planificación inicial contemplaba una circunnavegación de la Antártida sin escalas, recorriendo aproximadamente 12.000 millas náuticas durante unos 100 días. Finalmente, distintas circunstancias obligaron a modificar parte del recorrido, aunque la aventura mantuvo intacto su nivel de exigencia.
Uno de los momentos más impactantes fue el largo tramo entre Sudáfrica y Chile.
Durante 65 días consecutivos la tripulación no vio tierra ni se cruzó con otra embarcación, una experiencia difícil de imaginar para quienes nunca han pasado tanto tiempo aislados en medio del océano.
La organización en alta mar
La vida cotidiana a bordo seguía una estricta planificación. Las guardias se organizaban durante las 24 horas y convivían dos horarios diferentes: uno internacional para la navegación y otro destinado a las comidas y la rutina diaria.
La alimentación también requirió meses de preparación. Antes de zarpar calcularon cada plato que consumirían durante el viaje, almacenando alimentos para cinco personas durante cien días, además de cientos de litros de agua de reserva, aunque el velero contaba con una planta potabilizadora capaz de transformar agua de mar en agua potable.
La ola que cambió todo
El episodio más dramático ocurrió en pleno océano Austral.
Mientras navegaban con olas que consideraban normales para esa región, una enorme pared de agua impactó por la popa y literalmente pasó por encima del velero.
La fuerza del mar arrancó las placas solares, destruyó la antena satelital Starlink, provocó filtraciones de agua en el interior y dejó al barco incomunicado.
Lo más angustiante, recuerda Miguel, fue imaginar lo que ocurría del otro lado de la pantalla: las cámaras transmitían en vivo las 24 horas y, tras mostrar el impacto de la ola, la señal desapareció por completo.
En tierra nadie sabía qué había sucedido.
Afortunadamente, aunque el barco sufrió importantes daños materiales, la tripulación resultó ilesa y pudo mantener el control de la embarcación. La decisión fue dirigirse hacia Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, donde realizaron las reparaciones necesarias antes de continuar la expedición.
El océano también sorprende
Más allá de las tormentas, el océano regaló imágenes inolvidables.
Ballenas, delfines, auroras australes, enormes campos de algas y aves que aparecían incluso en el punto más alejado de cualquier continente llamaron profundamente la atención del navegante uruguayo.
Uno de los lugares que atravesaron fue la cercanía del Punto Nemo, considerado el sitio más remoto del planeta respecto de cualquier tierra firme. Incluso allí continuaban viendo aves, algo que contradijo muchas de las ideas aprendidas desde la escuela sobre la relación entre las aves y la proximidad de la costa.
La expedición continúa
Mientras Miguel ya regresó a Uruguay, Pedro y Paula siguen adelante con el desafío.
Actualmente navegan por el paso del Noroeste, rumbo a Groenlandia, con la intención de regresar finalmente a España y completar una de las expediciones oceánicas más originales de los últimos años. El contacto entre todos los integrantes continúa a través de grupos de comunicación desde donde siguen el avance del proyecto.
«Nunca se es demasiado viejo»
De regreso a la rutina, Miguel retomó lentamente sus actividades. Volver a correr, participar en teatro y compartir tiempo con su familia forma parte de una nueva etapa, aunque reconoce que la aventura en el mar dejó una marca imborrable.
La principal enseñanza, asegura, es que nunca es tarde para animarse a cumplir un sueño.
«Hay cosas que uno fue postergando porque no tenía tiempo. Hoy tengo tiempo, los hijos están grandes, tengo nietos y sigo haciendo cosas nuevas. Nunca se es demasiado viejo para hacer lo que a uno le gusta», resume.
Una reflexión nacida después de miles de millas navegadas, decenas de tormentas enfrentadas y una aventura que muy pocos podrán contar en primera persona.




