julio 31, 2026

SERENDIPIA DE UNA ETERNIDAD INMEDIATA

In memoriam Jesús Perdomo.

Escribe: Darío Amaral

El Marco de los Reyes

En una plaza céntrica se yergue una desgastada piedra cuasiprismática que, aunque atípica, no parece reclamar la atención de nadie. Rumbo a la escuela los escolares la rodean, esporádicamente, sin verla; en tanto los gorriones la emplean como una suerte de árbol abreviado y los ancianos, cuando la sombra declina, se apoyan sobre sus bastones próximos a ella ignorando que acaso descansan junto a una de las más pretéritas ficciones del mundo. La trajeron hombres que obedecían a otros hombres foráneos; éstos, a su vez, comulgaban con empoderados mapas, coronas y tratados políticos-bélicos. Informan que fue el “Marco de los Reyes», divisorio entre España y Portugal, que desde entonces para en Rocha un tanto apartado del sitio primario para el que fue concebido, pero que asimismo continúa ejerciendo, con la obstinación mineral de aquellos elementos fidedignos, el oficio de segregar.

Empero, no se trata de un mero bloque labrado ni tampoco de una reliquia para el caprichoso fisgoneo de los turistas; los hombres lo imaginaron para fijar un límite territorial y, sin proponérselo, con los siglos, este acabó antes entendiendo que ningún límite, por preciso que sea, resulta perenne. Sus aristas accidentadas han contemplado imperios desbaratarse con mayor fluidez que una nube de verano, banderas trocar sus colores, lenguas confundirse con la respiración de las fronteras y milicias que, creyéndose imbatibles, apenas devinieron en el óxido de algún sable perdido y olvidado bajo la tierra de alguna pradera. La piedra, en cambio, persiste impertérrita, ignorando en silencio los esplendores de la patria, pero recordando las vecinas manos que se han deslizado, como en una caricia, sobre el relieve áspero de su superficie.

Aún hay quienes creen que divide dos reinos; sospecho que, sin profuso afán, divide otra cosa. Acaso, deslinda el territorio visible del etéreo, lo mismo que el espiral del tiempo que creen conocer los hombres, que suele arder y consumirse como una hebra de lana en la flama, y no en el de la cronología de las piedras, tiempo, ese, que apenas se digna transcurrir. Quien se detiene ante ella advierte, sin saberlo, una vacilación, (o probable lapsus), del universo: al cabo de un instante no sabe si contempla un monumento o si es él quien  contempla al visitante por una memoria infinitamente más vasta que la suya.

En la plaza de Rocha, rayano a la sombra de los plátanos, pláticas coloquiales  y tardes dilatadas, aquel “Marco de los Reyes» persevera en su esquinera y discreta vigilia, sin aguardar beneméritos emisarios de Lisboa ni de Madrid. Sólo parece demorar algo tan antiguo e improbable como que, al menos un mortal, comprenda que toda frontera es también una suerte de metáfora, que todo reino acaba por ser un apelativo en un libro y que al fin la piedra, modesta y paciente, persiste soñando aquel idéntico sueño de límites difusos, en tanto el mundo que la circunda no cesa de mutar incesantemente de mapa y habitantes.

La chimenea

En las afueras de una ciudad se divisa una chimenea apagada, erigida desde sus cimientos por manos que ya son polvo. Cada ladrillo suyo fue dispuesto, en un inicio, con la secreta esperanza de durar más que el hombre que lo asentaba. Al cabo de décadas dirigió al cielo el humo de los hornos de “La Rochense», con un fuego austero ascendiendo por su cilíndrica cavidad y los atardeceres de Rocha aprendieron entonces, con su población, a calibrar el tiempo por aquella columna densa y oscura que parecía rubricar, sobre el aire, una caligrafía destinada  a las aves, o a nadie.

Quienes a la fecha se dignan a contemplarla, tras las ventanillas eléctricas de sus automóviles, apenas advierten en ella algo semejante a la ruindad; asimismo están los que sospechan que las grietas que la recorren no son obra exclusiva de las lluvias ni de los pamperos. La ha desgastado otro tanto el olvido, que es un diseño más lento y más rebuscado de la intemperie o el desamparo. Si bien el ladrillo recuerda el incendio que le dio origen; los hombres, por su parte, olvidan presto el fuego que los fabricó.

En esa orfandad, otra cosa pretende la chimenea, que no parece anhelar el humo ni el antiguo estrépito de las extintas máquinas de su interior; tampoco reclama obreros eficientes, ni puntuales silbatos de fábrica o carretas desbordadas de arcilla. Sueña con aquello para lo cual fue erigida: elevar. Al igual que Babel toda torre imagina el cielo abierto, aunque ese mismo cielo la ignore. Persisten en ella la obstinación vertical de las plegarias y la soberbia de los obeliscos; porque su naturaleza fue la de encauzar el humo; acabó encauzando el tiempo, que entalega la crueldad.

No es complicado pensarla ajena a Rocha; incluso adivinarla o equipararla a una estirpe más remota: la de las construcciones que subsisten a su utilidad. Como los faros apagados, los puentes hacia ríos desaparecidos o las fortalezas cuyos habitantes y enemigos se extinguieron hace siglos, la chimenea insiste estar en pie porque ha comprendido un secreto que los hombres rara vez alcanzan. Todo destino concluye convirtiéndose en memoria, y toda memoria necesita un ladrillo o cimiento que la sostenga.

Cuando el crepúsculo de verano la recorta contra el cielo del este, la chimenea parece más alta que nunca. No desafía al horizonte; dialoga con él. En su silencio de mineral cocido todavía asciende un humo que muy pocos perciben, hecho de jornadas sofocantes, voces y nombres ya extraviados. Quizá las fábricas desaparecen, los obreros expiran y las ciudades se ensanchan; pero la vieja chimenea persevera en una tarea infinitamente más ardua que la de expulsar humo: custodia, contra la desmemoria de los años, la efímera eternidad de los hombres.

Un retrato

En un marco de madera habita un joven rostro.

No es, desde luego, la mujer que allí vemos. María Elena, (mi madre), ha conocido días que el óleo no conoció, ha olvidado nombres que el pincel no pudo prever y ha sobrevivido a la muchacha que la pintura insiste en preservar. No obstante, tampoco hablamos de una mera representación; existe en ese semblante una obstinación que desafía el desgaste de los calendarios. Como la luna en los espejos antiguos, el retrato no devuelve una imagen sino, creo, posterga un destino.

Martha Nieves, la pintora, no se conformó con disponer pigmentos sobre una tela; sino que, acaso sin formularlo, comprendió que el verdadero retrato nunca reproduce un rostro, como el instante irrepetible en que un alma condesciende a ser escrutada. Los trazos, severos y misericordiosos, renuncian al detalle inútil para perseguir una certeza más ardua y esencial, que pertenece, antes que a una anatomía precisa, al insoslayable devenir.

Ello nos inclina a cavilar respecto a un tradicional equívoco, al parecer, atribuible a los retratos.

Aunque se cree que conservan el pasado, quizá también lo hagan con lo que denominamos “porvenir», puesto que cada dispar mirada futura, al fin de cuentas, consuma o completa la obra que la primeriza artista insinuó al inicio con su pincel. Así, la pintura no fija una identidad; la diversifica y multiplica. Entonces cada observador concluye imaginando una mujer distinta y, sin advertirlo, incorpora algo de su propia identidad a ese rostro. Respecto a ese modus operandi, a medida que el cuadro cambia sin modificarse, también se eterniza…

A principios de los 90 conocí a Martha Nieves, arraigada en cuerpo y alma al balneario La Paloma, al igual que al Atlántico en que hundía sus pies, y que sigue desgastando las piedras sin conseguir abolirlas. En aquella circunstancia agradecí por su pintura y que esta albergara además la misma condición marina de una serenidad sutil que oculta “honduras” aún más sutiles. Lo dije porque, antes que tantos, Nieves entendía que el arte no consiste en sobreponerse al olvido, (empresa vana además), sino en dotarlo de un diseño,(o suerte de albur), tan infinitamente “abierto” como perdurable. Probablemente, toda gran pintura albergue en la  policromía de sus trazos ese pacto tácito entre el tiempo y todo cuanto invoque  “permanencia»; ya que en definitiva, entretanto nuestros cuerpos ceden vencidos al desgaste y la atribulada memoria se torna incierta, el lienzo persevera; custodio de una lozanía ajena a la carne pero más hermanada con los ojos de quien contempla un cuadro. Sólo el arte desafía a la muerte. Así lo entendió Oscar Wilde en su “Retrato de Dorian Gray”, donde la eternidad nunca fue un atributo propio a los hombres, sino a aquellas imágenes o representaciones idóneas siempre en sobrevivirlos. Allí, donde la vida concluye, la pintura apenas comienza.

La Tuna

Mi abuelo se refirió cierta tarde, entre mates, a aquellas ruinas en medio de los campos. Arguyó que las piedras que la sostienen ya no recuerdan el nombre de quien las asentó en cal, pero conservan, con una fidelidad que los contemporáneos ignoran, el sempiterno peso de cada jornada campera. Las paredes de la antigua Estancia La Tuna, en la misma modalidad, han sobrevivido a los techos, a los muebles, a las voces y aun a las generaciones que desfilaron por ellas. Permanecen como permanecen algunas sonoras acepciones latinas, despojadas de aplicabilidad inmediata, pero investidas de una autoridad que las épocas estacionales, en vez de disminuir, terminaron por acrecentar.

Con ello y todo, mi abuelo, (que fue carrero en Villa Velázquez), aseguró que aquella construcción  no ambiciona restauraciones piadosas ni tampoco el tránsito distraído de los viajantes. Sus paredes, levantadas en un principio para albergar una familia en la época artiguista; terminaron custodiando una memoria y aceptando, antes que los hombres, que toda arquitectura, por estratégica que sea, aspira secretamente a convertirse en leyenda o historia, que viene siendo lo mismo. Sus grietas no son heridas secas, sino más bien una escritura con que los años han corregido la ilusión de permanencia.

Bajo esa techumbre vivió Francisco De los Santos, compadre del General Rivera, padre riograndense de doce hijos y alcalde, por el 1809, de la región de Rocha.

Aunque hoy ese nombre apenas frecuenta algunos documentos y la silenciosa erudición de los archivos, vindica de un tiempo en que gravitar sobre estas tierras equivalía a decidir el destino de toda una comarca en días en que el porvenir de la Banda Oriental aún vacilaba entre magnos imperios.  De los Santos apadrinó el impulso artiguista cuando la libertad era menos una palabra que una incertidumbre; verificó la elección del diputado destinado al Congreso de Mercedes y recibió, del Cabildo de Montevideo, la investidura de Juez de la Villa y Capitán de sus Milicias Cívicas. Esos honores, que parecieron definitivos, hoy sobreviven sucintamente en la obstinación de las paredes de aquella tapera.

No es intrincado sospechar que La Tuna no fue tanto una estancia rural, como una bifurcación de tiempos. En el ínterin en que Francisco de los Santos deliberaba sobre cabildos, milicias y congresos, el entorno pastoril, junto con las piedras, aprendían el señero oficio de templar la espera. Desde antes, sabían que los gobiernos de turno acabarían reemplazados por otros gobiernos, que los mapas y planos alterarían los trazos de sus contornos y que los nombres ilustres acabarían inapelablemente refugiándose en notas al pie de la historia local. Ellas, en cambio, proseguirían allí, una sobre otra, impasibles a la gloria y al olvido que todo lo daña.

Mi abuelo, Hilario Amaral Velázquez, no llegó asimismo a conferirme que cuando una corriente de aire atraviesa aquellas antiguas ventanas, recorriendo como un espectro aquellas habitaciones que hace mucho dejaron de existir, tal vez no se trate, ni se tenga fe, de que acaso ello sea la más natural y desprovista manifestación del viento. Y  entonces, asistamos a la respiración soterrada de otro siglo que, con lo que le resta, resiste a desvanecerse por entero. Aquí, en La Tuna, tampoco los héroes consiguen sostener la memoria de un pueblo; en su lugar, lo hacen las piedras humildes y liquenadas que les sobrevivieron. En ellas, los evos han descubierto un lenguaje, que aunque con inferior lustre, es más perdurable y perspicaz que el mismo bronce. Con semejante pretensión, Francisco de los Santos, sin espada ni magistratura, al unísono ejerce hoy el más arduo de los cargos comunitarios: permanecer en la conciencia secreta de la tierra que él mismo contribuyó a fundar.

El Cristo de “Lucho”

Hay estatuas cuya razón de ser se agota en la celebración de una efeméride, y otras, aún más enigmáticas, que parecen haber sido concebidas para insinuar una interrogante cuya respuesta ningún hombre develaría sucintamente. El Cristo de Lucho Maurente, en la playa “Los Botes” de La Paloma, pertenece, creo, a esa segunda estirpe. No es improbable que su verdadera sustancia no sea el cemento en sí, sino la insistencia de una memoria anónima obstinada en demarcar la gravitación de su presencia insoslayable. Pienso, a veces, en su distante y dispar análogo, el Cristo Redentor del Corcovado, suspendido a unos 700 metros sobre Río de Janeiro como una vasta alegoría de la clemencia. Pienso que en tanto aquel “Coloso» domina una ciudad innumerable, éste se resigna a custodiar el límite más incierto; el instante en que la tierra abdica de sí misma y acepta el inapelable argumento del Atlántico.

Toda geografía es, soterradamente, una forma del tiempo. Entre las fajas de nubes, el Redentor contempla avenidas, multitudes y el rumor incesante de una civilización que no hace más que multiplicarse; el Cristo de La Paloma, en cambio, asiste a una liturgia más remota. Sus fieles no arriban hasta él por pródigas escalinatas, sino sobre parcas embarcaciones cuya derrota el mar esgrime y anula con idéntica indiferencia. Quizá por ello sus brazos abiertos evocan menos al Gólgota que a la figura invisible de los vientos, el dibujo efímero de las velas y las redes que al amanecer parecen plegarias tejidas con sal y esperanza.

La intemperie, asimismo, ha ejercido sobre esa imagen una paciente exégesis. La lluvia, el viento austral y la respiración mineral del océano han ido corrigiendo o retocando la obra del escultor “locatario” con una dilación que sólo el universo conoce. Cada grieta es una glosa; cada desgaste, una refutación del artificio humano. Sospecho que Maurente conjeturó a su tiempo, que ninguna escultura, (por más que esta contenga la fisonomía de su autor), concluye el día en que abandona el taller; empieza entonces una colaboración silenciosa entre la materia y los siglos, entre la voluntad del artista y la obstinación de los elementos.

Si se medita más, acaso la disparidad esencial entre ambos Cristos no radique en sus dimensiones ni en la celebridad que los rodea; el Redentor ha sido incorporado al vasto repertorio de las imágenes planetarias, cuando el de “Lucho” permanece, con una modestia casi oriental, al margen de esa gloria. Sin embargo, ambos participan de una paradoja que la teología y la literatura apenas entrevén: cuanto más inmóviles parecen, con mayor vehemencia traspasan el incesante fluir del tiempo.

Porque, puede que el verdadero milagro no consista en prometer o garantizar la eternidad, sino en impugnar, (aunque sea desde una muda cruz), al olvido. Los nombres de los pescadores se pierden con ellos, las embarcaciones cambian de color y de dueño, las generaciones olvidan aquellos cuarteados rostros que las precedieron; pero aquel crucificado interroga, entre los dos crepúsculos, al horizonte con la obstinación de un centinela. Puede, también, el mismo horizonte resultar ser un error ocular que nos veda descubrir que este no divide, como se cree, el cielo del océano; separa, como intuyó Borges en más de un laberinto, la breve duración de los mortales de esa otra eternidad que acaso sólo conocen el mar, la piedra y el silencio.

Un cine inolvidable

Ignoro si las ciudades desaparecen del todo cuando claudican sus edificios o cuando perecen los hombres que todavía podían nombrarlos. Sospecho lo segundo. Si bien las piedras parecen obedecer a la historia; la memoria, en cambio, pertenece a otro reino, cuyo orbe apenas entrevemos en ciertos “estados de gracia” privilegiados. El antiguo Cine Primero de Agosto constituyó una de esas provincias etéreas.

Por años creímos que su noble misión no consistía más que en proyectar filmes en las matinée y los días de socios. Hoy entiendo que las películas eran apenas un pretexto y que el verdadero espectáculo ocurría entre los espectadores. Sin saberlo, (u obviándolo), cada uno contemplaba una obra distinta, aunque la pantalla ofreciera la misma sucesión de imágenes. El niño aprendía, antes o después del intervalo fílmico, acerca del coraje en los gestos de un héroe imaginario; el enamorado descubría que el roce de una mano podía abarcar al universo entero, en tanto el anciano volvía a constatar que el pasado no retrocede, sino que, con sigilo, aguarda.

No deja de maravillarme esa antigua ceremonia. Una sala oscura congregaba a desconocidos que aceptaban creer, durante algunas horas pagas, en una falacia luminosa rioplatense o subtitulada. Nunca he sabido si esa credulidad era una forma de ingenuidad pormenorizada o de sabiduría; quizá los hombres necesiten de las ficciones para reconocer las únicas verdades que les son accesibles.

Entre tantas, recuerdo una película en la que un muchacho comprendía demasiado tarde que el verdadero protagonista de su vida no había sido él, sino un viejo cine de pueblo condenado a desaparecer. Al marcharse creyó despedirse de un edificio; ignorando que se despedía de una manera de mirar el mundo. Años después descubriría que las películas también podían olvidarse, pero no el haz de luz que las hacía posibles sobre una pantalla. Quizá toda educación sentimental consista o se resuma en aprender tal diferencia.

Acaso Alfredo, el viejo proyeccionista de aquella fascinante historia italiana conociera una verdad semejante a la que entrevió el vate Giambattista Marino en sus postrimerías ante la rosa amarilla inserta en una copa: así como los versos no eran la rosa, tampoco las cintas de celuloide eran el cine. El milagro, con su magnificencia, residía en esa misteriosa facultad por la cual un objeto finito revela, por un instante, una realidad infinita. Recién ahí es cuando comprendemos que el celuloide era apenas un instrumento y que el edificio mismo era apenas un accidente. Lo esencial se inscribía en aquella comunidad efímera de hombres y mujeres que compartían una misma oscuridad para recibir la misma magnánima luz; donde ninguno salió siendo exactamente el mismo que había entrado a aquella vieja sala.

Hoy el Cine Primero de Agosto no existe; otra arquitectura ocupa su lugar, como otras generaciones ocupan las ciudades. Nada hay de extraordinario en ello; también Troya y la Torre de Babel  desaparecieron y seguimos pronunciando sus nombres.

La excepción radica en que en tanto alguien recuerde el silencio que antecedía al encendido del proyector sobre las inquietas cabezas y una vieja melodía despierte el rumor de las butacas o una fotografía restituya el perfume del celuloide, el cine de ayer y hoy proseguirán convida. No será asimismo en la piedra ni en el cemento, sino en esa región donde sobreviven las cosas que el tiempo no consigue destruir porque nunca fueron del todo materiales. A lo mejor ése sea el destino de todos los cines.

Casos y cosas, hechos y hombres

Existe un libro que parece una crónica, cuyo título promete episodios, objetos y personas. Tras hacerse de él, el lector supone que encontrará la paciente enumeración de un pasado provincial; se equivoca. Su autor, Rosalío A. Pereira, lo concibió convencido de que toda historia local es, en esencia, una versión abreviada de la historia del universo. Ningún hecho es pequeño cuando el tiempo decide conservarlo. Otra cosa quiso el libro, puesto que no se limitó a registrar nombres destinados al archivo y acabó por descubrir que cada hombre, más allá de su intención, arrastra consigo una época entera y cada objeto cotidiano puede llegar a ser el resumen de innumerables vidas. En este volumen los sucesos de Rocha, las anécdotas, los personajes y los gestos cotidianos dejan de ser circunstancias para convertirse en símbolos. Lo particular adquiere, sin proponérselo, la dignidad de lo universal.

He pensado que la memoria se asemeja a una biblioteca: en sus anaqueles conviven emperadores y paisanos, guerras memorables y pláticas barriales olvidadas. La diferencia no reside en los acontecimientos en sí, sino en cómo y quién los rememora. Rosalío A. Pereira ejerció con maestría un oficio que pocos comprenden, salvó del anonimato aquello que la historia solemne suele desdeñar; advirtió que un pueblo también se construye con anécdotas cotidianas y pequeñas hazañas entrelazadas, con hombres cuya celebridad jamás rebasó los límites de su propia comarca.

Cuando el libro se cierra, sus páginas continúan respirando y  cada lector termina añadiendo un recuerdo que el autor nunca escribió y confirma una antigua sospecha: las comunidades no sobreviven por sus monumentos ni por sus decretos, sino por quienes conservan el relato de sus días. “Casos y cosas, hechos y hombres” es mucho más que un libro sobre Rocha; es la constatación de que una tierra alcanza su verdadera permanencia cuando alguien convierte su memoria en literatura.

Por Setiembres

En una biblioteca céntrica se descubre un poemario cuyo lomo envejecido no reclama la atención de los distraídos. El polvo, que suele ser la dermis patente del tiempo, ha depositado sobre sus páginas una dignidad que los volúmenes recientes aún desconocen. Al abrirlo, el lector distraído cree buscar poemas y canciones; ignorando que ha penetrado en una comarca donde las estaciones no obedecen al calendario, sino a la pura memoria.

Con él, Enrique Silva no procuró ordenar someramente una poética estacional, sino conferir que la poesía no nace de las palabras, como del intervalo que las separa. Cada composición parece recordar un peculiar paisaje  de Rocha; sin embargo, los campos, los árboles y los cielos que allí comparecen ya no pertenecen en exclusiva a su localidad natal, sino a ese territorio más incierto donde habitan y levitan las nostalgias. El autor que escribió sobre un septiembre, sin excepción, al final terminó escribiendo sobre todos ellos.

Sospecho que libros como el suyo albergan la secreta vocación de  aspirar a que no sólo se los lea ceremonialmente; aspiran a ser rememorados cuando ya han sido cerrados y abandonados en un anaquel. Tras ese aparente acto somero comienza entonces su fidedigna existencia. Así, cuando las páginas de “Por Setiembres” permanecen inmóviles; es el lector quien muta, como una estación viviente, con cada lectura. Los versos son los mismos; quien regresa a ellos nunca lo es. Acaso esa sea la más humilde definición de un clásico regional: un libro que envejece menos que quienes lo leen.

Enrique Silva legó a Rocha algo más durable que una obra literaria; cedió un peculiar espejo donde el departamento puede reconocer no su apariencia, sino su espíritu. En conclusión, en tanto exista un lector dispuesto a demorarse y distraerse en semejantes páginas, septiembre proseguirá floreciendo, no en los árboles ni en las flores, sino en la lengua.

El Butiasero” y Perdomo

“El Gringo Butiasero”, de Jesús Perdomo, libro sin aspiraciones de inmortalidad arraiga sus raíces en la memoria-erial colectiva de un pueblo. Su materia aparente es un hombre, pero su verdadera sustancia, es la suma de un territorio. En sus páginas, Rocha deja de ser una delimitación geográfica para transmutarse en una cifra moral y un antiguo espejo en cuya luna el tiempo contempla su propio desgaste.

Como obra perdurable, el volumen no se limita a narrar un mero destino, lo torna llanamente arquetipo. El gringo es, al unísono, un hombre singular y también todos los hombres que hicieron del monte, del butiá castillense y del horizonte una modalidad de discernir la vasta complejidad del mundo y sus habitantes. Sin ánimos de ponderar, cuando la literatura  alcanza esa condición, deja de ser documento para convertirse en mito.

El deceso de Jesús Perdomo no mengua ni extingue su voz; apenas la traslada a esa región donde habitan los autores cuya obra prosigue dialogando con los vivos. Profesor por vocación y escritor por íntima necesidad, comprendió que la identidad de un pueblo también se edifica sobre palabras. Quien rescata una memoria del olvido modifica el porvenir tanto como quien funda una ciudad.

Quizá los departamentos, como los hombres, estén hechos menos de tierra que de relatos. Si esa conjetura es en parte veraz, probablemente Rocha le deba a Perdomo una porción de su conciencia más viva; una que incluso se sobrepone al tiempo convirtiendo la vida en literatura y la literatura en memoria.

Datos del autor

Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.

Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.

Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.

Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).