ROCHANA POÉTICA (parte 2) (endecasílabos)
Constancio Vigil

Olor a tinta, cifra de la historia,
Rocha, gema inicial de la raíz;
la prensa le confiere otra memoria
y el futuro le dicta su matriz.
Fue signo, arquitectura de esperanza,
magnética impresa contra un olvido;
la infancia, convertida en semejanza,
y el poblado en su verbo redivivo.
La geografía se hizo a sí ausencia,
y la ciudad un íntimo secreto;
cada fábula cifró una conciencia,
cada lector recibe su secreto.
Hoy vuelve su escritura persistente,
interpelando a Rocha y su presente.
En Son de pájaro

A *Enrique “Gallineta” Silva.
Acaso fue la tarde o la memoria,
quien puso en su garganta aquel destino;
acaso algún gorrión por campesino
le dictó en sones llanos nuestra historia.
Su copla, humilde cifra transitoria,
nombró la sed, el hombre y su camino;
y en cada magro sueño del vecino
halló la arquitectura de la gloria.
Después vino la música y, secreta,
llevó su voz más lejos que su muerte;
el pago aunó sus flores al poeta…
Y ahora, en que este tiempo muta inerte,
cada barrio descubre en «Gallineta»
los sones del vate en su propia suerte.
Escultor…donde el mar

A *Alfredo “Lucho” Maurente.
Del mar tornó con grava entre las manos,
con sal antigua y mineral paciencia;
obvió la geometría y la ciencia
que rige el mármol de los soberanos.
Modeló con arena los arcanos
de un dios que contemplaba su presencia,
y al hormigón confió la transparencia
de peces, timoneles y océanos.
«La Sirena» vigila todavía
la cifra de aquel puerto y su leyenda;
«El Cristo» mira al mar, y en su agonía
parece custodiar la vieja senda
por donde «Lucho», al declinar el día,
cedió su eternidad sobre la arena.
Centinela de la luz

A *Eduardo “Flaco” Saldain.
Hay mortales que ojean lo visible
y otros que, al contemplarlo, ven lo eterno;
Saldain supo arramblar del mundo externo
aquel matiz fugitivo e indecible.
La luz, bajo su lente, fue tangible;
el paisaje, otra forma del invierno;
y el rostro humano, un mapa sempiterno
donde el tiempo se tornó inteligible.
Mentor de la línea y la mirada,
del aula hizo un perímetro de asombro,
y del tinte otra mágica ecuación.
Su “lar” conjetura su obra callada,
descubre que persiste, como un nombre,
la huella de una proba vocación.
Rocha: mí(s)tica flor esteña

“…como flor en primavera son los barrios de mi pueblo.” (Enrique Silva)
Por donde la tarde se dilata en los alambres
y el pampero aprende los nombres de las casas,
te compusieron con veredas desparejas
y con portones de abarrotados inviernos;
de ligustros pendencieros
y perrada custodiando la modorra de la siesta.
A tus calles empedradas les basta escueta cosa:
una bicicleta espantando las alondras,
el pregón remoto de un mercachifle ambulante
y una pelota sin cueros contra el muro despintado,
aledaño a dos vecinas encorvadas
sobre el misterio de la tarde
para que, entonces, el mundo vuelva a encarrilarse.
Porque la vida aquí no acontece, se arraiga;
se escarrancha sin permiso
en la silla de cardo arrimada a la puerta de madera,
en el mate que peregrina de mano en mano,
en la persiana entreabierta por donde una ancianilla avista
la flemática migración de los años.
Barrios de almacenes acotados,
donde aún se compra el pan con un “buen día”,
donde cada apellido trae consigo una parentela
al mostrador con rumor a añosa desavenencia
y hasta una muerte, inviable, que nadie olvida.
Tus vecinos vuelven con el cansancio entre las ropas
y tus mujeres encienden las cocinas
para que una fragancia a guiso y humedad
trepe por el parral del patio
como una plegaria sin iglesia.
Cuando cesa la lluvia,
el cielo se refleja despojado en las cunetas
y los niños hunden allí sus navíos de papel de diario
sin saber que también ellos
navegan rumbo a la memoria de otro día.
En algunos crepúsculos es dable ver
a la ciudad caber en el palmo de una cuadra:
el placero que barre cabizbajo la hojarasca
junto a un banco donde una pareja sueña despierta;
la gurisada con sus guardapolvos de arrasto
y sus gritos ofuscando a un “Zucará” copleando
en una radio encendida detrás de otra ventana abierta.
En tanto, el viento esteño, cual pertinaz intruso,
flamea con sus garras las pertenencias de los vivos
colgadas de las cuerdas como domésticas banderas.
En tus esquinas, ciudad, perviven conversaciones
abiertas hace décadas, cuales agridulces frutas perennes.
Perviven las casas bajas con zapallos asoleándose en sus techos
bajo un cielo descubierto y sobre el baldío yerbal
con aljibe seco, higuera y palmera butiasera.
Tu historia está distante del pulcro mármol
y contigua a una pared descascarada,
pintada en otro siglo por la cal aguada de una abuela.
Está en los tangerinos de la huerta
que sembró el anciano de la foto sepia,
y en la mujer que todavía llama por su apodo
al hombre que aún envejece junto a ella.
Eres menos mundo que terrón,
un sitial latente en la memoria;
incrustada al corazón de tu gente
con tus manazas de raíces que nadie ve,
pero, se sabe, sostienen por entero al árbol en flor.
Datos del autor
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).





