octubre 8, 2026

OTRA VARIACIÓN DE LA REALIDAD  (cuentos)

Parte 1

A Gerardo Beyhaut

Moebius    

La noche se escurría  en una sustancia mineral como la luz lunar sobre el bosque oriental, e inducía a los frondosos árboles invocar añejos e impronunciables apelativos acallados desde hacía tiempo. La brisa reptaba benévola entre los ceibos y coronillas en flor y, tras un crujido a rama seca, los grillos y ranas enmudecían conteniendo el pulso, mimetizándose con el exuberante paisaje.

Anahí, guerrero charrúa de andar sigiloso y mirada endurecida por innumerables lunas y contiendas, hizo un alto en su caza para ajustar el arco sobre el hombro izquierdo y acariciar el asta de una flecha emplumada con plumas de carancho. Al igual que los murciélagos en el desprovisto llano del mediodía, todo cazador sabe o presiente el riesgo de adentrarse solo con sus armas en la oscuridad del bosque; en un santiamén las zarpas  del destino pueden emplazarlo en presa de aquello que no posee nombre premeditado.

Tras abrazarlo, su mujer se mantuvo en pie orando al dios y viendo cómo la penumbra devoraba lentamente al padre de su hijo. Pese al frecuente temor, ni esta ni las otras ocasiones intentaron disuadirlo, porque las esposas de los cazadores charrúas saben que existen travesías cuya verdadera distancia resiste medirse en leguas o súplicas.

Anahí avanzó con instinto de yaguareté franqueando la maleza y siguiendo senderos invisibles. Cada raíz que pisaba parecía reconocer la planta callosa de sus pies; cada rama se inclinaba con una reverencia apenas perceptible y le disponía un claro con huellas frescas.

Recorriendo con las yemas de sus dedos el contorno de las marcas en el barro,  la respiración del indio se fue tornando, como en otras incursiones, profunda e incontenible. El bosque, que también respiraba, lo hacía al ritmo propio de una criatura exorbitante e indolente bajo la tierra.

—Esto es bueno—se prodigó a sí mismo y al incorporarse no tuvo cómo no verlo unos metros por delante de unos arrayanes. Su instinto lo mantuvo pétreo sobre el barro y le señaló, ipso facto, que la sombra no era la del animal que aguardaba toparse aquella noche.

Al encogerse, para no ser detectado y escudriñarlo mejor, Anahí constató que se trataba de una aglomeración erguida de sombras más compactas y definidas que las demás, desprendidas del tronco de un viejo ibirapitá. Aunque carecía de rostro, el indio sintió en su sangre la fastidiosa  convicción de ser recíprocamente espiado por aquella figura que, de un momento a otro, decidió desplazarse agazapado hacia el interior cerrado del bosque.

Arribados a aquella bifurcación, Anahí sintió que todo recato o precaución no era sino, bajo los célicos ojos de sus ancestros, otra forma indigna de cobardía y afrenta impropia también para su progenie; por lo que descolgó el arco de su hombro izquierdo y  no vaciló en ponerse al insidioso acecho de la sombra.

A medida que avanzaba entre el follaje, más excepcional empezaba a resultarle la apariencia del bosque aquella noche. Si bien tenía la certeza de no haberse perdido ni estar caminando en círculos, los árboles por los que pasaba, las piedras y cardos en los claros y hasta los aromas de flores silvestres le resultaban absurdamente familiares; como si el mismo bosque hubiera sido sembrado varias veces sobre sí mismo.

Cuando Anahí arribó con su arco hasta un arroyo cuyo caudal corría cuesta arriba, sólo atinó a alzar su semblante para ver si alucinaba y toparse con las estrellas titilando bajo las hojas, en tanto el cielo, sin firmamento, permanecía anómalamente vacío.

Prefirió, asimismo, mantenerse en su sitio por un instante para ver si se componía, pero no tardó en percibir un absurdo sonido, disímil al rugido de un puma o al ulular de algún ave o alimaña nocturna; tampoco tenía que ver con el silbido del viento.

El murmullo, previo a otro sonido conocido, era equiparable al roce de miles de flechas atravesando el tiempo en dirección contraria.

Anahí tensó el arco, y la sombra de adelante se detuvo y agazapó entre dos troncos.

No obstante, antes de que la cuerda vibrara y la flecha abandonara sus dedos con la precisión de una sentencia, el indio prefiguró, en el estremecimiento de su diestra, el subterfugio involuntario de una fortuita suspicacia, que le hizo abrir la mano siniestra y precipitar el arco al barro.

La noche emitió un quejido breve y el bosque, de improviso, permaneció estático como el lienzo de una pintura.

Cuando el alba comenzó a deshilvanar la penumbra, la esposa de Anahí comprendió ,en su insomnio, que algo había osado perturbar el orden tácito y secreto del orbe charrúa. Él jamás demoraba tanto. Ni siquiera después de las cacerías más extenuantes y riesgosas.

Tomó una lanza y a su pequeño hijo de la mano sin hablar, a sabiendas de que hay palabras que estorban y, sin notificar a nadie de la tribu, empezaron a rastrear las huellas del guerrero entre helechos aplastados, ramas partidas y restos de barro aún fresco.

El sol laceraba en su cenit cuando se toparon con el cuerpo de Anahí recostado contra el tronco de un laurel centenario. Su rostro, pálido por primera vez, no revelaba agonía; apenas una perplejidad serena y laxa, semejante a la de quien contempla de cerca una verdad tan vasta para ser emitida por la boca de un mero mortal.

La mujer cayó de rodillas en un grito lastimero; pero no fue la muerte lo que la hizo estremecerse hasta el hueso.

De la espalda del guerrero emergía una flecha con  precisión imposible. Al palparla, la india reconoció inmediatamente las plumas oscuras, el tallado del asta y la diminuta muesca que  Anahí  había grabado junto a la punta de piedra para distinguir aquella flecha de todas las restantes. La  misma que había llevado consigo la noche anterior y que nadie más sabía fabricar.

El niño acercó lentamente la mano al emplumado, pero no llegó a palparlo; descubrió, sin querer, que la punta de la flecha no había atravesado el pecho; parecía haberse hundido desde el interior del cuerpo hacia afuera, como si hubiera nacido en el corazón del guerrero para abrirse paso, cual tallo germinal, hacia la espalda.

Ninguna huella rodeaba el cadáver, a no ser las del propio Anahí entrando en la arboleda; ni ninguna otra salía.

—Vamos. Avisemos para que vengan por él; ya no hay nada que hacer aquí— gimoteó la india.

 Emprendían el regreso, cuando entre los árboles creyeron distinguir la figura inmóvil de un cazador charrúa que llevaba un arco sobre su hombro izquierdo. Apenas el viento agitó las hojas, la figura se desvaneció con la naturalidad de una sombra entre otras con mayor densidad vital.

Al llegar y referirlo, los más jóvenes de la tribu se mostraron en su mayoría incrédulos, en tanto los ancianos charrúas arguyeron que el bosque no siempre devuelve aquello que recibe; a veces concede la dádiva de un fugaz reflejo, o un “doble” silencioso, semejante al que cada mortal arrastra tras de sí desde su advenimiento al mundo.

Otra tribu, (émula acaso a la charrúa), refiere que en el decurso de algunas noches en que la luna apenas alumbra al monte, es alcanzable detenerse a escuchar el zumbido agudo de una flecha que jamás arriba a su destino; puesto que viaja eternamente en un círculo invisible en cuyo epicentro el hombre persigue con ahínco aquello que, desde el principio, ha salido a cazarlo.

Buster

La casa respiraba con la parsimonia solemne de los lugares donde el tiempo había aprendido a oxidarse sin fragor.

Sobre los mosaicos gastados, donde la tarde se derramaba con una dilación casi litúrgica, Buster, un viejo cocker spaniel de pelaje amielado, orejas absurdamente holgadas y ojos que parecían albergar una tristeza previa a su propia memoria, permanecía inmóvil, en su felpudo, frente a la puerta del estudio.

Aguardaba estoico, desde una forma más remota o primaria de la certeza de aguardar.

Desde hacía semanas, el anciano se enclaustraba con la llegada de la tarde en aquella habitación donde el olor del papel envejecido se mezclaba con el del tabaco apagado y la tinta reciente. Allí escribía durante horas, interrumpiendo apenas el rasgueo de su pluma para observar al perro con una vehemencia semejante al modo en que los veterinarios escrutan un animal antes de declararle una enfermedad incurable.

Cuando el anciano emergía por la puerta, le acariciaba lacónico la cabeza y murmuraba:

—Todavía no, Buster. Todavía, no.

A lo que el perro, bamboleando su cola, si bien ignoraba el significado de tales palabras, parecía percibir el peso y temperatura con que estas caían sobre el aire, casi mejor que un filólogo. Para un perro como Buster era más que asequible la reiteración de vocablos tan “tibios” como el pan con chicharrones recién horneado, otros “insulsos” y “gélidos” como el metal de las patas de algunas sillas, y algunos otros cargados de un olor connatural, semejante al de la lluvia sobre la tierra seca del olvidado jardín del fondo.

La expresión «Todavía no, Buster» parecía pertenecer más bien a una categoría disímil; cargada de una esencia aromática aledaña al “término” o “corolario” de algún asunto o cuestión hasta entonces inalcanzable a sus facultades adquiridas en el vínculo con su dueño.

Asimismo, aquella tarde, el anciano se estaba tardando más de lo frecuente y entonces la casa entera comenzó de pronto a poblarse de exiguos y molestos sonidos: la madera del mobiliario dilatándose, el reloj de la pared respirando segundos, las hojas del paraíso golpeando los cristales de la ventana con una obstinación vegetal.

Buster empujó la puerta e ingresó determinado al recinto.

El hombre dormía inclinado sobre el escritorio; o eso creyó al principio el can.

No tardó mucho en comprender que existía un silencio propio e imperativo que ningún sueño era capaz de producir. Igualmente, no ladró; se limitó a estrechar la distancia que lo separaba de su amo.

Uno de los pies del hombre se había escapado de su pantufla y parecía una lengua rosácea semiplegada en la alfombra. El perro se contuvo de olisquear y prosiguió con su examen.

Sobre el escritorio descansaban unas hojas manuscritas alumbradas por una luz portátil. El viento que se colaba por la ventana abierta balanceaba lentamente la última página como un pesado péndulo.

Buster, desde luego, no sabía leer; pero los animales poseen y recurren a aquella modalidad desarrollada que los precede para descifrar y contrarrestar lo que es factible de fuga para otras capacidades más disminuídas. Tras olfatear el papel, no tardó en reconocer en él su propio aroma; también el aroma del jardín cuando se encontraba provisto de flores, el de las caminatas matinales con el olor a pasto humedecido por el rocío; el de la manta donde dormía semienvuelto durante los inviernos al pie de la chimenea…

De una manera inverosímil o estéril de explicar, llegó a develar que aquellas páginas, en efecto, hablaban de él.

Alzó su cuerpo, hasta quedar parado en dos patas, y con el hocico empujó suavemente el manuscrito que cayó al suelo dejando la primera de sus hojas boca arriba.

El anciano había escrito únicamente dos frases al comienzo del relato:

«La casa respiraba con la parsimonia solemne de los lugares donde el tiempo había aprendido a oxidarse sin fragor.

 Sobre los mosaicos gastados, donde la tarde se derramaba con una dilación casi litúrgica, Buster, un viejo cocker spaniel de pelaje amielado, orejas absurdamente holgadas y ojos que parecían albergar una tristeza previa a su propia memoria, permanecía inmóvil, en su felpudo, frente a la puerta del estudio.»

Extrañado, el perro atinó a inclinar la cabeza tras escuchar cómo detrás de la puerta, paulatinamente, una vez más comenzaba a hacerse audible el inconfundible rasgueo de una pluma avanzando sobre el papel.

Datos del autor

Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.

Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.

Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.

Obras: Cuentos de Felisberto Hernández, (Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental, (Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo, (Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño, (Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón, (El Viento Editor- 2025).