El peso del silencio en el agua profunda
Escribe Juan M. Jara
Hay días en que la rutina del servicio se quiebra de una manera que las palabras difícilmente alcanzan a reparar. La noticia del fallecimiento de tres integrantes del Ejército Nacional durante el desarrollo del curso de buzos tácticos no es una estadística más ni un suceso administrativo dentro del parte diario: es una herida abierta en el corazón mismo de la fuerza, de esas que calan hondo, enmudecen los cuarteles y dejan una estela de desconsuelo difícil de sobrellevar.
Quien conoce la vida militar comprende que los lazos que allí se forjan no son los de un empleo cualquiera. No se comparte únicamente un horario o un espacio de trabajo; se comparte el rancho, la intemperie, la fatiga extrema y, sobre todo, la confianza ciega en quien marcha al lado. En especialidades tan exigentes como las operaciones tácticas y el buceo militar, esa fraternidad no es un adorno retórico: es el aire que sostiene la vida. Cada inmersión, cada metro ganado a la oscuridad de las aguas, exige un pacto tácito donde la seguridad propia descansa en las manos del camarada. Por eso, cuando el destino arrebata a tres de ellos en un mismo instante, el golpe resuena en cada rincón de la institución, desde las jerarquías que asumen la desgarradora tarea de enfrentar a las familias, hasta el último soldado que hoy baja la mirada en silencio.
El entrenamiento para operaciones especiales está reservado para aquellos que eligen dar un paso al frente cuando las condiciones son más duras. No cualquiera busca el límite; no cualquiera se sumerge donde el frío, la falta de luz y la presión desafían los instintos más básicos de supervivencia. Estos tres efectivos no estaban allí por azar ni por obligación ciega; estaban allí empujados por la vocación de superación, por el afán de servir a la patria con el más alto nivel de entrega y profesionalismo. Su partida en pleno cumplimiento del deber, en medio de la instrucción que forja a los más aptos, añade una capa de desolación particular: es la pérdida de hombres en la plenitud de su juventud, de su entrega y de sus proyectos.
El dolor que hoy embarga al Ejército no es distante ni abstracto. Es el dolor concreto y desgarrador de los hogares desmantelados, de las madres, padres, parejas e hijos que aguardaban el regreso de sus seres queridos con el orgullo de verlos superarse, y que en su lugar reciben la visita más temida, el abrazo que no devuelve y la bandera doblada sobre un féretro. No existen palabras de consuelo que alcancen para mitigar ese vacío. Ningún protocolo, ningún homenaje póstumo, ninguna salva de cañón logra apagar el eco de la ausencia en la mesa familiar. Frente a eso, la fuerza se arrodilla con respeto y comparte el llanto de los suyos.
Pero también existe un dolor colectivo, institucional, que atraviesa los batallones. Quienes visten el uniforme saben que el riesgo es un compañero constante, asumido con sobria dignidad. Sin embargo, cuando la tragedia golpea durante el adiestramiento, el impacto resulta demoledor. Queda flotando en el aire una sensación de impotencia indescriptible. Los camaradas de curso, los instructores que guiaban la maniobra, los médicos que intentaron lo imposible: todos quedan marcados por una sombra que el tiempo tardará mucho en disipar. La camaradería militar se tiñe de luto y las miradas entre pares se vuelven densas, cargadas de preguntas que a veces no encuentran respuesta fácil en el terreno de lo humano.
La transparencia en los hechos y el rigor en las investigaciones son deberes ineludibles que la propia institución asume de cara a la sociedad y a las familias. Pero por encima de cualquier esclarecimiento técnico, hoy predomina el recogimiento. Es el momento del pésame sincero, del abrazo contenido en la formación de despedida, del respeto absoluto hacia quienes entregaron todo en la búsqueda de la excelencia al servicio de su nación.
El agua, que tantas veces fue el escenario donde estos hombres demostraron temple, disciplina y coraje, se convirtió de pronto en testigo de su último sacrificio. Su partida deja una lección dolorosa y permanente sobre el costo silencioso que a menudo implica la preparación para la defensa y la seguridad de todos. No hay gloria que tape la tristeza de este día, pero sí hay memoria: la memoria viva de tres nombres que no serán olvidados en las filas orientales, y el compromiso moral de toda una institución que hoy, con la frente alta pero el alma partida, honra su entrega y acompaña a los suyos en su hora más oscura. Que descansen en paz, con la certeza de que su servicio y su hermandad permanecerán grabados en la historia y en el honor de su fuerza.




