La Soberanía en Suspenso: Venezuela ante la Historia
Escribe Juan M. Jara
Hoy estamos bajo la sombra de hechos que han reescrito la historia de nuestro continente en apenas una semana. El pasado 3 de enero de 2026 no fue un día más en el calendario; marcó el abrupto final de una era y el comienzo de una incertidumbre radical. La operación militar que descabezó al régimen de Nicolás Maduro y la posterior declaración de Washington asumiendo el “control operativo” de la nación para garantizar una transición, nos sitúan en un terreno desconocido en el siglo XXI.
Hoy, la realidad es ineludible, la estructura de poder que dominó Venezuela durante décadas ha colapsado, no por una implosión interna, sino por una intervención directa de la potencia del norte. Estamos ante el “nuevo contexto” que se nos ha presentado, una Venezuela sin su antiguo liderazgo, pero también, de facto, una Venezuela con su soberanía en suspenso.
Muchos celebran el fin de un autoritarismo que generó el mayor éxodo en la historia de la región. Es comprensible el alivio de millones que veían cerradas todas las vías democráticas. Sin embargo, la historia nos juzgará por cómo manejamos lo que viene ahora.
La administración de EEUU ha planteado un plan de tres fases: estabilización, recuperación y transición.
Se nos dice que el control de la industria petrolera y la tutela sobre la administración interina, encabezada técnicamente por figuras remanentes bajo supervisión externa, son medidas temporales y necesarias. Pero la pregunta que resuena en cada capital de América Latina es: ¿cuánto dura lo ‘temporal’?
El riesgo es evidente. No podemos permitir que la liberación de un régimen opresor derive en la instauración de un protectorado indefinido. La gestión de los recursos naturales de Venezuela, las decisiones sobre su economía y fundamentalmente, la reconstrucción de su tejido social, no pueden ser dictadas permanentemente desde un despacho en el extranjero, por más ‘segura’ que prometan hacer la transición.
El vacío de poder ha sido llenado por una fuerza extranjera. Ahora, la responsabilidad de la comunidad internacional y de las fuerzas vivas de Venezuela es asegurar que este paréntesis sea breve. La democracia no se impone por decreto ni se gestiona por control remoto, la democracia nace de la voluntad cívica.
Hoy, Venezuela es un tablero geopolítico donde EEUU ha movido la ficha definitiva. Pero el juego no termina aquí. El objetivo final no puede ser simplemente “el control” o la “estabilización del mercado energético”. El único objetivo legítimo debe ser devolverles la voz a los venezolanos para que, en elecciones libres y sin tutelajes, decidan quiénes son y hacia dónde van.
Que este momento de quiebre no sea el inicio de una nueva dependencia, sino el doloroso pero necesario prólogo de una verdadera segunda independencia.
Viva Venezuela Libre.




