enero 9, 2026

Rebelión en la granja, edición tropical

Escribe Nahuel García Rocha

En Rebelión en la Granja, la fábula de George Orwell, los cerdos toman el poder y, en algún punto que pocos lectores recuerdan sin un esbozo de sonrisa amarga, terminan siendo, con trazos grotescos, peores que los humanos que pretendían reemplazar. La granja se vuelve un lugar de castigo, de silencios forzados y de discursos oficiales donde “todos somos libres, pero algunos somos más libres que otros”. ¿Qué extraño déjà vu nos ofrece la crónica de Venezuela cuando, en estos días, su otrora comandante supremo, Nicolás Maduro, es detenido en Nueva York tras una operación militar extranjera que lo arrebata de su propia tierra?

El surrealismo pétreo de ese paralelismo no debería sorprendernos. Orwell no escribió una fábula política, escribió una profecía sobre la ilusión irreprimible del poder absoluto, primero repudia la libertad, después idolatra su propio disfraz de reivindicación, y al final se encierra en el despacho donde él mismo dicta la ley. Si Maduro fue depuesto, camino que aún reverbera entre declaraciones oficiales que hablan de “muerte y dolor” en el país sudamericano, también fue producto de un círculo vicioso, el de quien promete redención y termina, ironía máxima, siendo juzgado por los estilos de la justicia que él mismo se esforzó en deslegitimar.

En Caracas, tras la captura, el régimen de transición bajo Delcy Rodríguez decretó persecución a quienes celebraran el hecho, una medida que, en cualquier otro contexto, parece decir más de la paranoia del que se siente acorralado que de la indignación legítima por la intervención externa. El resultado, nos dicen, fueron decenas de detenciones incluso sin una sola pancarta en mano.

Pareciera que la grasa del poder corrompe no solo la carne sino el alma del discurso. Y es allí donde el símil orwelliano nos devuelve un espejo más cruel, ¿por qué existe tanta violencia en nombre de la libertad y tanta represión en nombre de la soberanía? El cerdo que prometía igualdad terminó, según Orwell, habitando tras una ventana con visillo, escribiendo decretos que nadie se atreve a cuestionar sin riesgo de perder la cabeza.

Desde Montevideo, desde Maldonado o desde cualquier lugar donde se lea esta crónica, es tentador mirar el episodio venezolano con un entusiasmo moral, “¡Al fin cayó el tirano!”, dicen algunos. Pero basta abrir la historia a la profundidad para ver que estos relatos se repiten como una enemiga insistente, el tirano cambia de bandera, de discurso, de enemigo, pero nunca desaparece. En Venezuela esa dinámica se aceleró de forma espectacular, un gobierno acusado de prácticas opacas y represión se enfrenta a un juicio internacional en suelo estadounidense por cargos de narcotráfico presuntamente vinculados con su entorno, un episodio que desata una reacción en cadena de protestas, maniobras diplomáticas y reacomodos geopolíticos que todavía están por verse.

Pero aquí reside el verdadero dolor para cualquier lector que recuerda la Rebelión en la Granja, no es simplemente que el tirano haya sido despojado de su trono. Es que, al despojarlo, observamos con pavor cómo los mecanismos de represión, viejos y nuevos, se rearman en el mismo tablero con otras piezas. ¿Quién cuida a los ciudadanos de a pie si todo cambio de poder no altera las reglas del juego? ¿Quién garantiza que la libertad no sea solo una palabra que pasea entre discursos altisonantes, como los pájaros que cantan justo antes de que los cerdos cierren la puerta del establo?

Y si Orwell escribió para advertirnos, ¿qué hemos aprendido realmente cuando los tiranos cambian de piel, pero conservan las garras? Uruguay, con su historia republicana, sabe, o debería saber, que la libertad no es un resultado, sino un proceso continuo de control ciudadano sobre el Estado. El caso venezolano no es una fábula lejana ni una simple anécdota de política exterior, es, como en la granja de Orwell, una lección de humildad para quienes creemos que el poder puede ser encuadernado sin que exija sus páginas de sangre.

Al final, la imagen que queda no es del tirano en una celda de Brooklyn ni del fervor de los que celebran su caída en Caracas; es la de una granja donde todos, como en la novela, miramos, atónitos, a los cerdos en el despacho y nos preguntamos si no serán, también, nuestros propios miedos reflejados en el barro.