El rumor de un mar de fondo
“…si estuvieras en el mar, te buscaría en la profundidad donde todo se pierde.”
(Juan Gelman)
Este mar, más que cualquier otra entidad, persevera en su austera letanía, como si, en efecto, se tratara de un aparato con tecnología de punta, ultra procesador de memorias. Por más que lo intente, en su rumor salino y fluctuante, no se descubre siquiera el son de alguna melodía leve que invoque al consuelo; porque, en lo hondo, consiste en una respiración vasta y despersonalizada, como una suerte áurica de persistencia, negada a empatizar con aquellos reclamos de los hombres, ni mucho menos tranzar con sus pérdidas, por penosas que estas resulten. Desciendo por unos vencidos y desparejos escalones de madera hasta sentarme en la planicie de arena gruesa y húmeda, sin quitarme los zapatos de gamuza que paulatinamente se hunden como si la tierra demandara, con una paciencia mineral, aquello que el tiempo, con su dinámica diplomacia, ya ha comenzado a labrar y deshacer desde el primerizo abrir de nuestros párpados.
La verdad es que, si he venido hasta aquí, es porque no tengo, ni supe, adónde más ir.
Desde el inesperado deceso de mi padre, todo mi entorno debió reconfigurarse y mutar hasta adquirir una consistencia equívoca; tal como si la realidad, tras estallar en mil esquirlas, de una parte hasta aquí, hubiera sido mal ensamblada y ahora, de plano, reaccionase crujiendo con cada gesto o palabra pronunciada sin demasiada convicción; al igual que los frágiles cristales de una ventana mal orientada, presionados a no volverse añicos por la ventisca marina y autumnal.
Hace algunos años dicto clases de literatura en secundaria—o al menos en eso me ocupaba antes de atenerme a una licencia por duelo familiar—, y aunque nunca, en la práctica, aparté mi alma de esas afables herramientas de trabajo que son los libros, tales nobles extensiones del alma humana, que desde un principio me prodigaron un equilibrio eventual y una perspectiva alterna-balsámica del mundo; tras el deceso de mi progenitor, han acabado afectándome del modo más singular, al punto de comenzar a resultarme presencias, más que Al escrutarlos en sus anaqueles sospecho de la intencionalidad de sus tramas, del sentido de sus desenlaces y también de esa peculiar manera en que parecen insinuar que el padecimiento humano carga, en su esencia, un propósito puntual o que la existencia, incluso en su crudeza, puede ser organizada en otra clase de estructura inteligible.
Pues, en el fondo me cuesta naturalizar el hecho de que sea así; porque, desde mi perspectiva, no lo ha sido nunca.
Mi padre murió solo, postrado en una cama de hospital que emanaba olor a desinfectante y abandono, con su pobre hígado devastado tras años de ingesta de alcohol barato y una obstinación casi épica por oponerse a cualquier forma accesible de atención paliativa y redentora. En su agonía no hubo austeras palabras finales, ni pujantes revelaciones; tampoco sobrevino ese instante de lucidez póstuma que la ficción literaria suele conceder a algunos moribundos como una forma de justicia tardía. Pero, bajo el roce de aquellas sábanas blanquecinas, sí hubo una respiración irregular, un esporádico temblor en las venosas manos, y hasta una mirada exhaustiva que evitaba la mía como si ese gesto postrero persistiera en la incapacidad de reconocer una equivocación insalvable, donde su servidor acababa representando solícitamente el rol de vástago “descaminado”.
Nunca llegamos a ser amigos. Nunca fui, para él, otra cosa más que una presencia lateral o una especie de malentendido eventual; de última, un testigo constante e impertinente de sus desbordes consuetudinarios. Evoco sin demora su taller automotriz, un tipo de galpón de ennegrecida madera curada levantado con sus propias manos, anclado en el corazón del balneario, con su baranda de zinc reciclado y una alfombra de conchillas semimolidas al ingreso; el penetrante olor a aceite quemado y las herramientas dispuestas en el tablero con una precisión que contrastaba brutalmente con el consolidado caos de su vida doméstica. Bajo una llovizna veraniega, y entre los pliegues de mi cerebro afiebrado, mantengo grabado a fuego los enormes motores diésel abiertos como animales despanzurrados, sobre unas mesas de planchas de metal, en espera de una plausible resurrección mecánica. Allí, entre esos engranajes, grasa y juegos de llaves de trinquete esparcidas, a la hora del trabajo, como bisturís por los escalones de la fosa automotriz, aquel mecánico barbado parecía dar con una forma de orden que le era vedada en todas las bisectrices que sesgaban su vida al igual que tajos de cuchillos. Pero, se entendía, que ese orden no era lo suficientemente prolífico como para extenderse y llegar hasta nosotros.
Mi madre —peluquera, de manos gráciles y ocupadas en la tarea minuciosa de embellecer a otras mujeres— solía ser el blanco recurrente de sus estallidos anímicos, exacerbados hasta el límite de lo tolerable, por la desmedida ingesta etílica. No eran agravios constantes, pero sí lo fatídicamente frecuentes como para que la casa adquiriera una tensión perpetua, semejante a un estado de alerta corrosiva que se filtraba como una humedad incluso en los momentos de aparente serenidad. Desde muy temprano, aprendí a leer aquellos signos, en la intemperancia con que él cerraba la puerta de ingreso, en la cadencia y peso de sus pasos al avanzar, pero sobre todo en el tono exasperante de su voz desencajada al llamar o recriminar por cualquier asunto insignificante con el que tuviéramos que ver: fueran algunos platos y cubiertos sucios en el fregadero, la comida fría que mi madre había dispuesto, tras su demora, en la heladera, o también un tramo del piso de la cocina mal barrido.
Con el tiempo, (y sin haber leído aún “El hombre invisible” de Wells), aprendí los beneficios de desaparecerme. Resulta curioso cómo el cuerpo se adapta a la invisibilidad y cómo uno consigue, sin esfuerzo demasiado consciente, atenuar su “presencia” hasta volverse un elemento más del mobiliario. Así, bajo esa modalidad, solía refugiarme, encogido en un rincón, en las líneas gráficas de las páginas de los libros, no tanto por apego en sí a la lectura —aunque ese apego sobrevendría más tarde, con un ímpetu que rozaría lo patológico— sino por la misma necesidad, o instinto, de pretender habitar otros universos donde la violencia, aunque estuviera presente, se manifestara o respondiera a una lógica veraz o a una causalidad al menos comprensible.
Y es que mi padre, a medida que yo crecía, acababa resultándome un fenómeno sin explicación concluyente, o al menos , en esa idea del ente virulento, llegué a instalarme, respecto a él, al cabo de varios años de inercia afectiva…
Ahora, sentado una vez más frente al mar, con el viento removiendo mi pensamiento y la arena infiltrándose en cada pliegue de la ropa, me descubro con asombro intentando reconstruirlo. Asimismo, sé que no lo hago para absolverlo de su conducta, (eso sería una empresa tan inútil como obscena), sino para comprender esa magna carencia de sentido que parece haber despotricado el rumbo de su vida oscilante y que, de manera insidiosa o colateral, llegó a propagarse e infiltrarse en la mía.
Porque lo que más me perturba no es su deceso en sí mismo, sino aquello que, en vida, nunca fue y que, supongo que con un roce de clarividencia, pudo haber sido.
Nunca se suscitó, entre nosotros, siquiera una espontánea ni ligera conversación que mínimamente excediera el límite de lo funcional. Tampoco, era evidente, se hizo tiempo de enseñarme nada que pudiera ser reconocido, sin ironía, como una lección de vida; ni siquiera en el ámbito que le era propio, (como la mecánica), se permitió el modesto gesto de transmitirme algún saber elemental o una experiencia personal concreta. En ocasiones, lo observaba de pie y en silencio desde la puerta del taller, aguardando quizás el indicio de que, al descubrirme, tal vez me invitara a acercarme o me integrara con algún simple ademán o palabra a aquel, su universo de piezas y engranajes relucientes de grasa. Pero él no se apartaba de su labor y se secaba, al igual que siempre, el sudor con una estopa engrasada como si mi existencia no fuera otra cosa distinta a un súbito e irrelevante accidente, el big bang de una galaxia vecina y minúscula.
Y pese a todo, aquí estoy, aunque apesadumbrado, buscándolo como en “las escondidas” por cada y ningún rincón, al unísono.
No pretendo encontrarlo en un sentido físico, (su cuerpo ya ha sido reducido a un cúmulo de cenizas), tanto como en una de esos márgenes o confines difusos donde, de acuerdo a mi abuela, los muertos prosiguen operando, no como presencias, sino como suertes de huecos. Lo digo sin rodeos, porque en eso, verdaderamente, se ha convertido ahora mi padre: un hueco. Hueco o vacío profuso y furibundo que, asimismo, y por igual, consigue desorganizar o desestabilizar mi pensamiento y zanjarme el ánimo.
Mi madre, por su parte, tras una finta de existencia sin tregua ni templanza, ha dejado de ser competente siquiera para nombrarlo. La demencia senil que la asola, ha ido erosionando su memoria con una ácida contundencia que, en ocasiones, envidio. La visito semanalmente en la casa de salud, un edificio espacioso y aséptico, atravesado por un antiguo silencio que no es paz sino resignación, y en el que ella me recibe, sentada en una mecedora, con una sonrisa que no le pertenece. A veces me confunde con algún perdido cliente de su peluquería, otras con un pariente lejano, y en raras ocasiones, en esos breves destellos de lucidez que el deterioro mental aún concede, me llama por mi nombre con una ternura que me resulta intolerable.
Ya no recuerda los vituperios, los golpes ocasionales, ni el miedo nocturno. Ha extraviado, en definitiva, la trama de su propio sufrimiento y, muy próximo, el mío. Ya lo decía Borges: “…no nos une el amor, sino el espanto…”
Aunque, no falta noche en la que no me cuestione, a mí mismo, si tal omisión no remite, en el fondo, a una forma de redención tan única como personal, un instinto o pulsión latente que la anima a aguardar, aún, por un mañana más piadoso de cuantos amaneceres quedaron perdidos atrás.
Y allí, en la misma locación, sólo un ápice más anegado, se encuentra el mar de fondo; insistiendo, al igual que mamá, y perviviendo marejada tras marejada.
Hay, en su repetición, algo que roza la obscenidad; como si el mundo, en su conjunto, se opusiera a reconocer la singularidad de un drama familiar como el nuestro. Sé que nada en la tierra se pausa ni modifica con ello. Lo percibo en los veraneantes, (los escasos, en esta época del año), cuando se deslizan por la orilla de la costa con esa despreocupación que sólo es posible en el tiempo que la vida aún no ha consolidado ni compartido su costado más árido. Los chiquillos corren por la planicie salina hasta caerse y levantarse para construir castillos que la marea deshará sin contemplaciones; y en ese gesto involuntario acaban por reproducir, sin saberlo, la precisa lógica de nuestra existencia.
Construir para perder. Amar para perder. Vivir para perder.
Recuerdo una clase que di, hace ya varios años, sobre el tema del absurdo. En un momento hablé entonces de la imposibilidad de abordar un sentido último, y de la tensión existente entre una perentoria necesidad humana de significado y la implacable respuesta del universo, en forma de inconmensurable silencio. Recurría, con entusiasmo, a citas de autores; trazaba paralelismos y proponía disímiles lecturas. Mis estudiantes escuchaban ensimismados, con una mezcla entre interés y desconcierto; como si se tratara de otro ejercicio intelectual o una curiosidad académica que no afectaba de manera directa sus vidas. Para ser franco, en aquella instancia, yo tampoco creía del todo lo que decía.
Ahora, en cambio, aquellas mismas palabras se aglomeran en mi mente con una gravedad brumosa que alberga algo más. No son ya aforismos filosóficos ni conceptos, sino experiencias reales; no son ideas, sino estados sensoriales del cuerpo. El sinsentido, (en el que a veces me extravío), no es una teoría, como un modo de estar en el mundo.
Vuelvo a pensar entonces en mi padre y en su incapacidad para habitar cualquier forma asequible de coherencia. ¿Era, acaso, consciente de tamaño vacío? ¿O su violencia, con su alcoholismo, correspondía a intentos frustrados e insidiosos de llenarlo? Ciertamente brama en mí una oposición o resistencia vital a concederle cualquier tipo de justificada profundidad; como si hacerlo implicara, antes que todo, ultrajar el sufrimiento de mi madre, al desdichado niño que fui y a aquella casa barrenada por el odio y el espanto. (“…será por eso que la quiero tanto…”)
Asimismo, con todo, también levita un remanente de compasión que no cesa de respirar e incomodarme. Porque reconocer en él a un hombre desbordado por algo que no supo nombrar, ni mucho menos enfrentar, es, entre otros dilemas, reconocerme también a mí mismo. Yo, que he dedicado mi existencia a la recurrencia de las palabras para no dejar de ser quien soy, me descubro y declaro igualmente inepto en atribuirle una forma a este vacío, (o hueco), que me habita, desconcierta y acucia. La diferencia es apenas de grado, no de naturaleza; y acaso, esa sea la única certeza.
El viento, en tanto, arrecia y remueve la arena. Trae consigo un hálito salino que se confunde con algo más; algo indefinible que asocio, sin saber por qué, con el taller automotriz de mi padre. Tal vez se trate de una asociación arbitraria, o un intento desesperado del cerebro por establecer algunas sinapsis mínimas donde ya no las hay. Quizás subsista en todos los olores una clase de memoria secreta o una forma de persistencia que elude a la lógica, tal como la concebimos.
Entonces, simplemente, atino a cerrar los ojos y a respirar; por un instante, lo llego a ver. No al padre que murió, reducido a una sombra de sí mismo, sino al hombre en plena actividad, inclinado sobre un grasoso motor, con las manos firmes sujetando su herramienta, concentrado en una tarea que parecía otorgarle el beneplácito de un sentido transitorio, pero superior. En ese recuerdo, si acaso eso es lo que es, no hay espacio ni tiempo para la violencia; tampoco hay un vaso desbordado de alcohol, sino una especie de apacibilidad que me resulta ajena o foránea.
Quisiera haber conocido en verdad a ese hombre y haber sido capaz de admirarlo. Pero eso no tuvo lugar ni fecha y ahora es demasiado tarde para algo distinto.
En este momento es cuando me doy cuenta de lo profundamente injusto en el diseño o mecánica en que el tiempo estructura y dispone nuestras experiencias vitales, aquello que nos conduce a una comprensión insuficiente, por cuanto, arribamos a ella cuando ya no hay nada que hacer con tal comprensión. Es decir, alcanzamos ciertas verdades justo cuando su aplicación se ha vuelto imposible u obsoleta; como si la vida estuviera diseñada para frustrar cualquier intento de coherencia retrospectiva…
No me queda más que abrir los ojos y ver cómo el mar permanece ahí, indiferente, inundándome los pulmones de salitre.
Me levanto con cierta dificultad, como si mi cuerpo hubiera decidido, por su cuenta, adoptar el peso de todo aquello que mi alma no puede resolver o gestionar para estar en paz con el pasado. Camino hacia la orilla; el agua está helada, aunque no lo suficiente como para provocar una reacción inmediata. Me interno unos pasos más, dejando que las olas golpeen contra mis piernas y la espuma dibuje formas efímeras alrededor de mis tobillos entumecidos.
Medito, fugazmente, en la posibilidad de avanzar otro tanto, caminando hasta que el agua cubra mi cuerpo por completo y la respiración se vuelva, entonces, imposible y estos pensamientos de afiebrada ponzoña, finalmente, se pausen. Pero no lo hago; no por valentía, ni por esperanza, sino por una inercia que tampoco consigo explicar.
Con el corazón palpitante, vuelvo a la arena suelta, empapado hasta las rodillas, y me dejo caer nuevamente en el mismo lugar de mis huellas corporales. Paulatinamente el sol inicia su descenso, tiñendo el horizonte de un anaranjado que, en otras circunstancias, habría encontrado majestuoso. Ahora, en cambio, me parece un exceso, una concesión estética que no se corresponde con la crudeza de lo padecido.
Sin embargo, hay algo que reside en esa luz que me obliga a permanecer estático y deslumbrado. No es consuelo; no es sentido. Tal vez sea una forma elemental o mínima de terquedad; como el mar o la memoria, incluso en su deformación. Tan semejante a este intento mío, torpe y necesariamente insuficiente, de escribir, aunque sea en la mente, una historia que no tiene resolución, que no ofrece redención, ni, mucho menos, alcanza a justificar todo el dolor que tampoco niega.
De pronto, pienso en mis estudiantes de secundaria; en la leve posibilidad de regresar de nuevo al aula y hablarles, no ya desde la seguridad del análisis letrado, sino, de pie, sobre esta absoluta intemperie; para conferirles que es tan cierto que los libros no salvan, como que no existen mejores y tan nobles camaradas. Que el sentido último y esencial de aquellas respuestas que buscamos y necesitamos no está garantizado, pero la búsqueda, aun en su fracaso, es lo único que nos diferencia de la inercia más elemental.
Pienso, una vez más, en mi padre y en la imposibilidad de reconciliarnos; en la imposibilidad, incluso, de odiarlo con la lucidez y el vigor que el odio requiere.
Y en medio de esa imposibilidad, de ese territorio ambiguo donde el dolor y la compasión se entrelazan sin resolverse, percibo algo que no había visto antes.
No es paz, ni perdón; sino apenas una suspensión del juicio. Una tregua leve y momentánea en la que renuncio a exigirle a la vida —y a sus difuntos— todo aquello que nunca estuvieron en condiciones de darme.
El mar entero persiste con su respiración inconmensurable; y entonces yo, por primera vez desde aquella muerte, me animo a llorar y respirar con él.
DARIO AMARAL




