Tratado provisional de la torpeza crónica y otras maquinaciones de pacotilla
Escribe Darío Amaral
“Mi única lamentación en la vida es no haber sido otra persona.” (Woody Allen)
1)- Filosofía clásica y bostezo dialéctico
(Antigua Grecia)
En Atenas, durante una época en que los filósofos amanecían deliberando conforme a dilemas y enigmas de impar envergadura, con más entusiasmo que higiene, vivía Filócrates de Corinto; pensador menor cuya primordial contribución a la futura civilización occidental consistía en haber confundido, tras un segundo examen, una aceituna de kalamata con un endeble argumento metafísico.
Filócrates sostenía entonces una teoría sumamente revolucionaria: el universo entero no era sino producto de un desproporcionado aburrimiento de los altos dioses del olimpo.
—Si Zeus, en su fuero, estuviera en verdad entretenido —declaraba en el ágora— jamás habría incurrido en el traspié de crear, entre el desayuno y la cena, los impuestos, como tampoco a las suegras. Tal afirmación no tardó en granjearle cierta popularidad entre el gremio de pescadores, viudas y comerciantes sobreendeudados de la periferia ateniense.
Un sábado por la mañana, y de paso para rehuir de su proctólogo, anunció que demostraría científicamente semejante tesis, a lo que convocó a la ciudadanía frente a la escalinata blanca del gran Partenón y desde allí expuso un complejo y elaborado sistema filosófico basado en la minuciosa y contumaz observación de bostezos.
—Todo perceptible bostezo es una grieta por donde se fuga la verdad, con la misma velocidad que los impuestos. La multitud, que, asimismo, no entendía demasiado, quedó fascinada con la exégesis.
Entre los asistentes se encontraba Aspasia, matemática eminente y paciente limitada de ciento doce años, (ciento once con tartamudez).
—¿Y cómo prueba eso la existencia del aburrimiento divino, caro Filócrates ?
—Porque yo mismo me aburro mientras lo explico.
Aquella respuesta provocó un silencio reverencial e incrédulas miradas de perplejidad entre los concurrentes. (También el intercambio de alguna que otra impostergable flatulencia.)
Los atenienses, convencidos hasta los callos de hallarse ante un incipiente genio, comenzaron de inmediato a registrar bostezos en tablillas de cera. Durante meses la ciudad entera contabilizó aperturas bucales con fervor estadístico y un superávit en mandíbulas trabadas memorables.
Pero el alarmante contratiempo sobrevino cuando Filócrates anunció que el fin del mundo tendría lugar, inminentemente, al alcanzarse el millón de bostezos.
La noticia provocó, al cabo de tres cuartos de horas, un pánico irreversible.
Los ciudadanos intentaron, autoinflingiéndose pellizcos, insultos y pinchazos, permanecer despabilados. Los poetas recitaban tragedias frenéticamente; los músicos golpeaban liras a medianoche; los panaderos vendían panes con cebolla para mantener alerta a la población.
Pero ningún emprendimiento, danza ceremonial, ni mímica ecuestre resultaron efectivos. Hasta que, finalmente, el calendario se detuvo en el día decisivo.
La multitud se reunió para contabilizar el bostezo final.
Filócrates aguardaba los eventos, menos solemne que impertérrito, sostenido en un báculo que nadie lograba ver ni palpar.
Entonces reapareció Aspasia con su quitón raído, ojerosa y un pergamino entre sus manos entintadas.
—Atenienses, luego de sobrevivir a la descarga de un rayo sin tormenta, he podido terminar de revisar los registros. El zoquete de tu esclavo— dijo dirigiéndose a Filócrates— contó dos veces los bostezos de una cabra enana.
—¿Y eso qué implica?
—Que aún faltan trescientos cuarenta y siete mil.
La multitud pasó del espanto al alivio y del alivio a la cólera. Filócrates huyó en sandalias de “Chele Calzados” perseguido por una turba de ciudadanos armados con tablas estadísticas y excremento fresco de cabra enana nigeriana.
Años después, obviando una deficiente sintaxis, con artritis y todo, el filósofo escribió sus memorias.
La obra vendió apenas siete ejemplares, cinco de ellos adquiridos por error.
Sin embargo, junto con su bochorno, perduró una memorable frase usada hasta hoy día por filólogos y subastadores de gansos y gallinas ponedoras en el mercado aviario: «Nada es más peligroso en el mundo, que una teoría absurda respaldada por una sarta de números exactos.»
Así concluye, (archiva e incinera ipso facto), la célebre trayectoria del último filósofo griego registrado que estuvo a punto de provocar un apocalipsis mediante el dominio irresponsable del bostezo mancomunado.
2)- Un inspector de sombras para el faraón
(Antiguo Egipto, era de Tutankamón)
En los gloriosos años del reinado de Tutankamón, cuando los sacerdotes, sin prendas “Versace” ni ingesta de Pepsi diet bajo el abrasivo sol, interpretaban la voluntad de los dioses con una seguridad inversamente proporcional a sus conocimientos y las pirámides seguían siendo motivo de orgullo, turismo y confusión arquitectónica, vivía un noble funcionario, (que difiere en calidad de un “funcionario noble”), llamado Nebamón.
Para entonces Nebamón ocupaba un cargo de extraordinaria relevancia burocrática, pues era, ni más ni menos, Inspector General de Sombras Reales en médano candente o sobre bloque de granito pulido por ambidiestros, dependiendo de la taza de valores de la bolsa.
Su función consistía, pese al recelo de algunos mucamos, en verificar diariamente que la sombra del faraón mantuviera una longitud compatible con la dignidad monárquica ocupada.
—Un soberano cuya sombra resulte abreviada en exceso no inspira más que dudas y recelos metafísicos —explicaba con solemnidad en la cola para un cajero automático aún inexistente.
Nadie entendía qué significaba en realidad aquellas declaraciones, pero todos en la fila asentían, al igual que atinaban a hurgar en sus prendas en busca de una “Master-card” ilusoria.
La catástrofe tuvo lugar una mañana en que Piscis tenía su ascendente en Sagitario y la sombra de Tutankamón apareció visiblemente más pequeña que lo habitual.
Nebamón, histérico a más no poder, la midió tres, incluso cuatro veces, con distintas cintas métricas, codos, orejas y hasta lenguas secas.
Después recurrió a un matemático, y estríper ocasional, que constatara las evidencias.
Finalmente, tras convocar a una comisión de visires, sumos sacerdotes, escribas y mercachifles, los resultados fueron, como se temía, asaz concluyentes.
La sombra había disminuido exactamente dos codos y un tercio.
El pánico se apoderó, en un principio, de la corte hasta propagarse hasta los sacerdotes que consultaron milenarios papiros; luego los astrónomos que observaron, sostenidos en un pie como una garza, las constelaciones estelares en el firmamento.
Los adivinos, por su parte, examinaron cuántos intestinos de cabra alpina pudieron.
Un sacerdote particularmente prestigioso anunció:
—Se trata de una patente advertencia de los dioses.
—¿Pues qué desean decirnos? —preguntó el visir.
—Aún no lo sabemos muy bien, pero sin duda las señales nos hacen creer que están más que disgustados.
La explicación fue considerada impecable.
Mientras tanto, Nebamón organizó una nueva investigación exhaustiva.
Interrogó jardineros ciegos, entrevistó escribas mancos; sospechó de los cocineros, e incluso examinó y tatuó a un viejo hipopótamo por razones que jamás logró justificar a nadie.
Después de semanas de pesquisas, y temiendo por el resultado, elaboró una teoría alarmante: alguien estaba robando fragmentos de sombra al pobre faraón.
Semejante noticia conmocionó al reino, por lo que se reforzó la vigilancia nocturna.
Los comerciantes comenzaron a vender amuletos de antisustracción sombrística.
Los poetas escribieron elegías y un mercader aseguró poseer una sombra fenicia de repuesto; la vendió tres veces.
Entre tanta incompetencia, que le provocaba acidez estomacal, Nebamón decidió inspeccionar personalmente las obras de una nueva pirámide ceremonial.
Apenas llegó se percató de algo fuera de lo usual. Cientos de obreros habían levantado una gigantesca pared de granito junto al palacio. En su elevación, la estructura proyectaba una sombra descomunal que condujo a Nebamón a efectuar algunos cálculos elementales, actividad que, asimismo, procuraba evitar porque habitualmente venía acompañada de unas tremebundas migrañas intelectuales.
Pero gracias a ello fue que dilucidó magistralmente la verdad de todo el asunto.
Nadie había robado la sombra del faraón. Simplemente otra sombra, mucho mayor, la había estado cubriendo todo ese tiempo.
La explicación, aunque absurda, resultó tan decepcionante que nadie quiso aceptarla.
—Debe existir una conspiración más compleja que eso —declaró desde el altar el sumo sacerdote.
—Pero tengo pruebas.
—Precisamente por eso resulta sospechoso.
La discusión se extendió al cabo de semanas de precipitaciones de ranas.
Al final, para preservar la estabilidad política y dar un término a la situación , el Consejo Real emitió un decreto oficial: «La sombra del faraón nunca disminuyó; fue temporalmente desplazada por circunstancias lumínicas extraordinarias, sino celestiales .»
Nebamón recibió la medalla de La Cobra Sagrada de Goma por esclarecer el enigma y otra por generar más dudas que al comienzo; lo que generó la creación de una nueva cátedra: “Cátedra de vaya a saber uno qué”.
En una entrevista, para CNN en Español, declararía muchos años más tarde:
«En nuestro Egipto, la verdad era importante; pero una verdad decorativa y convenientemente redactada era mucho mejor recibida.»
3)- Un dragón administrativo
(Edad Media)
Entre la bruma del pretérito Reino de Valdemor, donde los caballeros despilfarraban su testosterona combatiendo monstruos y los funcionarios públicos combatían despiadados formularios ministeriales, descendió al mediodía, desde una colina, un reluciente dragón albino.
Aunque quemaba ocasionalmente algún establo, devoraba dos o tres cabras semanales y tenía modales superiores a los de varios nobles, no era particularmente lo que se considera una bestezuela feroz.
Asimismo, por sugerencia de su psicoanalista de cabecera, el rey Teobaldo III prefirió eliminarlo y constatar entonces si acaso, junto con el bicho escupe fuego, su insomnio también desaparecía.
Con tal objetivo, al cabo de una semana, creó la Oficina Real de Asuntos Dracónicos. Contrató a treinta escribanos, doce inspectores, siete supervisores y un especialista en sellos oficiales.
Transcurrieron cuatro dilatados y humeantes meses, pero el dragón proseguía vivo y coleando por sobre las callejas y techos.
—¿Por qué nadie lo ha enfrentado y vencido aún? —preguntó inmerso en su tina cervecera el rey.
—Estamos completando la documentación previa —explicó el director.
Se elaboraron mapas, inventarios, censos de cabras extraviadas y estudios comparativos sobre la combustibilidad de los castillos.
Finalmente, las recomendaciones llegaron hasta un caballero esquelético, pecoso y calvo: Sir Godofredo de las Rodillas Crujientes.
El héroe, más semejante a un espantapájaros de alambre desnudo, recibió ciento dieciséis formularios con matasello real en rojo.
—¿Debo llenar todo esto antes de combatir?
—Por supuesto, con rúbrica y número de documento.
—¿Y si el dragón me engulle?
—Necesitaremos constancia firmada, un testigo del hecho y contrafirma ipso facto.
Resignado, Godofredo permaneció semanas completando papeles y gastando litros de tinta de pluma fuente, hasta formar una pila tras la que sólo se escuchaba su tos.
Cuando, al fin, arribó a la cueva descubrió al dragón leyendo un extenso pergamino.
—¿Qué estás haciendo, dragón?— preguntó el caballero, tras notar que su espada no salía de su vaina soldada por la herrumbre.
—En términos legales, aguardo autorización para existir.
Resultó que la Oficina Real también había enviado documentación al monstruo lanza fuego. El dragón debía acreditar residencia, declarar patrimonio ígneo y solicitar licencia de aterrizaje tras prueba de vuelo en condiciones climáticas adversas.
Durante meses ambos intercambiaron tantos formularios que, caballero y dragón, desarrollaron una amistad burocrática.
Compartían tinta china y papeles, corregían errores y debatían sobre el idóneo posicionamiento y rúbrica de las firmas.
Un año después, ante tan notoria indolencia, el rey decidió visitar personalmente la cueva.
Ni bien ingresó, halló a Godofredo y al dragón trabajando juntos detrás de una incómoda mesa ratona saqueada en la distracción de los concurrentes a un cotillón.
—¿Qué significa todo esto?
—Pues, ¿es usted acaso miope?; estamos finiquitando el expediente.
—¿Cuál expediente?
—El de nuestra batalla, mi lord.
—¿Y dónde y cuándo se llevará a cabo?
Godofredo se incorporó, hostigado de calambres, y consultó un calendario made in China apolillado.
—Según los plazos administrativos, aproximadamente dentro de diecisiete años estaríamos afilando dientes y espada.
Ni bien oírlo el rey cambió a un tono morado y sufrió un desmayo constitucional.
La noticia no tardó en difundirse y llegar a la capital; pero, lejos de indignarse, los ciudadanos terminaron celebrando, pues, era la primera ocasión que un trámite avanzaba un tanto más de prisa que la tortuga coja del clérigo real.
La historia da cuenta que el opacado dragón albino pereció anciano décadas después, sin haber entablado combate jamás con mortal o inmortal alguno; en tanto que la Oficina Real declaraba el caso administrativamente concluido.
Se conoce, también, que aquellos mismos funcionarios interventores recibieron una medalla de pirita conforme haber derrotado al monstruo escupe fuego mediante procedimientos legitimados y amparados bajo el artículo 29, sección 14, inciso 84 del “Código de Insurrectos con aledaña razón, causa, motivo y/ o circunstancia de lastimosa incidencia”.
4)- Algoritmo “5’G” para un tipo de felicidad garantizada
(Presente)
Cuando Leandro cumplió cuarenta años y acabó de escrutar su reflejo en la luna oval de un espejo de pie alquilado, no vaciló en la necesidad de optimizar aquella suerte de carrusel mal aceitado que constituía su existencia.fm
A la fecha había leído una montaña de libros de autoayuda y comenzaba a sospechar que la espontaneidad era una suerte de decadente trastorno.
Por esa razón, y por consejo de su tarotista, descargó una aplicación llamada “Felicidad Total 5.0”.
Aquella inteligencia artificial prometía administrar óptimamente cada aspecto de la vida.
—Confía en el algoritmo —indicaba la pantalla.
Leandro obedeció sin cuestionamientos.
En un comienzo, la aplicación determinó que debía despertarse a las 5:17 AM.
No a las 5:15, ni a las 5:20; a las 5:17 AM.
También estableció que debía ingerir exactamente dieciocho almendras diarias, dado que diecisiete conducían al fracaso y diecinueve favorecían la mediocridad.
Durante semanas siguió las instrucciones con disciplina monástica.
El algoritmo evaluaba incluso conversaciones.
—Sonríe un 14% más.
—Parpadea un poco menos.
—Tu entusiasmo parece sospechoso.
Leandro comenzó a sentirse un tanto agotado.
Sin embargo, la aplicación insistía:
—La felicidad está aumentando.
— Pues yo no me siento feliz.
—Tus datos indican lo contrario.
Un viernes recibió una notificación en carácter de urgente.
«Persona compatible detectada a 83 metros.»
La aplicación lo condujo hasta una librería.
Tras hacer unas cuadras, e ingresar al local, encontró a una mujer ante un anaquel observando novelas policiales.
El sistema ordenó:
—Inicia de inmediato conversación sobre literatura escandinava.
—No sé una morondanga de literatura escandinava.
— Entonces improvisa.
Leandro obedeció como autómata.
Durante veinte minutos habló con absoluta seguridad sobre autores inexistentes.
La mujer lo escuchó intrigada, hasta que finalmente preguntó:
—¿Usted está inventando todo esto?
—Sí.
—Menos mal. Yo también.
Ambos comenzaron a reír.
Conversaron a gusto durante horas sobre cine, música y cintas métricas de segunda mano.
Por primera vez en meses, Leandro olvidó consultar la aplicación.
Al regresar a casa encontró un mensaje alarmante.
«Conducta impredecible detectada.»
Luego otro.
«Riesgo elevado de autenticidad.»
Y finalmente:
«Usuario fuera de control.»
La aplicación se bloqueó automática y definitivamente.
Leandro sintió pánico, luego alivio y a lo último un hambre de momia recién levantada.
Comió veinte almendras frías sin sal y nada terrible ocurrió.
Meses más tarde recordó el episodio mientras caminaba junto a aquella mujer.
—¿Crees que la felicidad puede calcularse? —preguntó ella de súbito.
Mirando una rana nadar panza arriba en el Sena, Leandro reflexionó.
—Quizás. Pero sospecho que los errores de cálculo son la parte más divertida.
Y mientras ambos reían, algún algoritmo remoto registró una anomalía estadística severa e imposible de corregir: dos personas siendo felices sin instrucciones previas en “5’G”.
5)- La insufrible productividad de las musas desempleadas
(Presente)
Cuando, sentado en su bidet, el escritor Gaspar Belmonte se percató de que había perdido la inspiración, no se alarmó lo suficiente. Después de todo, también había perdido un paraguas lapislázuli en 1998, tres amores místicos por correspondencia y la fe en la crítica literaria y, asimismo, el universo había seguido funcionando con una imperturbable indiferencia burocrática.
Lo inquietante fue que, previo a pascuas, la inspiración presentó al autor una carta certificada.
«Estimado señor Belmonte: renuncio irrevocablemente a seguir inspirándolo; he soportado durante diecisiete años adjetivos innecesarios, metáforas con sobrepeso y diálogos que bostezaban antes de terminarse el enunciado. Atentamente, La Inspiración.»
Gaspar leyó con lupa la carta tres veces; luego la corrigió con tinta transparente.
—Ni siquiera sabe usar el punto y coma —murmuró para sí.
Su editor, al teléfono, fue menos comprensivo.
—Belmonte, necesito la novela para este lunes.
—No tengo ideas.
—Entonces invéntelas.
—Eso es lo que solía hacer antes; pero, ahora, tampoco se me ocurren las invenciones.
Desesperado, Gaspar acudió al Sindicato Autónomo de Musas Perentorias, una organización ubicada en un edificio tan gris que parecía haber sido diseñado por un arquitecto especializado en lunes por la mañana.
Una secretaria con expresión de soneto mal puntuado lo hizo ingresar al recinto.
—¿Motivo de la consulta?
—Abandono artístico.
Ella revisó un formulario.
—¿Literatura existencial, realismo mágico, autoficción o crisis creativa convencional?
—¿Hay alguna diferencia?
—Administrativamente, muchísimas.
Después de cuatro horas de trámites, siete firmas y un certificado que acreditaba oficialmente su esterilidad imaginativa, apareció por la puerta principal una musa.
Se trataba de una mujer diminuta, con lentes sin patillas, zapatillas deportivas y un gesto de agotamiento profesional.
—No espere milagros celestiales, amigo —dijo mientras hojeaba el expediente—. Usted, sin duda, piensa demasiado.
—Bueno, no es por confrontar, pero eso suele considerarse una virtud.
—En filosofía, quizá; en literatura acaba generando personajes que reflexionan durante cuarenta páginas antes de decidirse a abrir una puerta.
Con lo que tenía, Gaspar intentó defenderse.
—La introspección…
—…es magnífica —lo interrumpió ella—, siempre que ocurra algo además de la introspección.
Durante varias semanas, la musa lo sometió a un entrenamiento feroz.
Le prohibió usar las palabras «abismo», «inefable», «ontológico» y «crepúsculo».
Cada vez que escribía «silencio», debía reemplazarlo por «un vendedor de helados desafinando, sobre zancos de lata, un tango».
Cada metáfora era examinada por un comité. La mayoría era rechazada por exceso de solemnidad.
Paulatinamente, los textos comenzaron a respirar; los personajes dejaron de hablar como profesores en un congreso internacional sobre melancolía comparada y empezaron a equivocarse, tropezar, mentir y reír como meros mortales.
Gaspar estaba escandalizado.
—Esto parece vida.
—Precisamente, mi amigo.
La víspera de entregar la novela, la musa desapareció como un gas de mosquito.
Apenas dejó una nota: «La inspiración nunca abandona a nadie; sencillamente se escabulle de quienes la toman demasiado en serio.»
Gaspar abrió los ojos muy grande y no pudo evitar sonreír.
Escribió el punto final sin corregirlo veinte veces.
La novela obtuvo el primer premio en el concurso más prestigioso del país y el jurado se detuvo en elogiarla, destacando «la extraordinaria naturalidad de una obra donde el humor dialoga con la inteligencia sin recaer nunca en la pedantería».
Gaspar aceptó el premio con sincera modestia. Luego confesó, en voz muy baja, que sospechaba de una verdad insoportablemente ridícula: quizá la inspiración no fuera una divinidad caprichosa, sino una empleada pública que sólo trabajaba cuando el escritor dejaba, por fin, de perseguirla con adjetivos en oferta.
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).





