agosto 25, 2026

Vindicación de los “haikus”

In memoriam *Mariana Saldain Pioli y **Enrique Lorenzo.

Nuestra contemporaneidad se rige por la celeridad, la sobreabundancia discursiva y una suerte de diáspora atencional que, sin pretenderlo, acaba posicionando al haiku, con su ascética arquitectura verbal, (de 5-7-5 sílabas),  en el más  inesperado pero conveniente sincronismo. Más que una supervivencia de la tradición nipona, el haiku encarna hoy una verosimilitud poética: restituir cierta profundidad al instante mediante la máxima concentración del lenguaje. En un orbe global jactancioso de haberlo revelado todo, la mayor virtud de esta estructura poética acaso consista, en recordar que todavía perviven “elementos” o circunstancias que sólo pueden ser insinuados mediante esa enunciación formal y no otra. Tal resistencia estética propone, además, ante el exceso verbal,(ruido), y la saturación de imágenes de los “mass media”,  la suspensión ecuánime del “instante”; generando que tres versos, por otra parte, actúen como una mínima cámara o cápsula de silencio donde la experiencia, despojada de explicación, recupera el rigor originario de la percepción y posiciona al poema dentro de un tiempo natural en el que el lector acaba por completar aquello que el texto deliberadamente omite.

A partir de este pormenor aflora una paradoja esencial; el haiku registra un acontecimiento insignificante, (una rana, la lluvia, un insecto, la caída de una hoja) y, mediante esa minúscula circunstancia insinúa una metafísica que no explica el universo, sino que lo deja comparecer. En ello reside su afinidad con ciertas intuiciones del budismo zen, aunque sería reductivo concebirlo como una mera doctrina poética del zen, ya que el haiku no necesita proclamar la “iluminación” porque le basta con sugerir que, al cabo de un instante, contemplar y comprender pueden representar el mismo acto. Por consiguiente, su naturaleza es más ontológica que descriptiva; el poeta no inventa necesariamente un objeto, más bien devela una relación ignota entre las cosas; así la roca, el petirrojo y el silencio dejan de ser elementos exteriores y se convierten en términos de una correspondencia que el lenguaje apenas alcanza a precisar. Quizá por ello el haiku constituya una de las formas más rigurosas de la poesía ya que exige renunciar a la explicación, al ornamento innecesario, a la ampulosa retórica que pretende sustituir la inherente experiencia perceptiva. Su ambición no consiste en decirlo todo, sino en conseguir que tres líneas sobrevivan a la extinción de quien las escribió. Por lo que, en última instancia, el haiku no es, ni más ni menos, que otra insistente maquinación humana contra el olvido, dotada de aquella sospechosa dignidad de lo eterno, que tiñe lo efímero con polícromas pinceladas de absoluto.

James Joyce

Dublín se sueña;

y aquella palabra abre

todos los mares.

Francisco de Goya

Negra la noche;

bajo el sueño del mundo

ríe Saturno.

 Sebastian Bach

Orden celeste:

cada “fuga” contiene

un Dios sin rostro.

Joaquín Torres García

El sur del cielo

ordena sus símbolos:

todo es medida.

Marcel Proust

La magdalena…

el tiempo, súbitamente,

vuelve a ser nadie.

Jesucristo

Clavo y silencio;

la eternidad expira

entre ladrones.

Buda

Cae aquella hoja.

Nadie pregunta al viento

quién fue primero.

 Dostoievski

Bajo la nieve,

Dios interroga al hombre

desde su abismo.

Harold Bloom

Shakespeare…

un muerto engendrando otro

en un lector.

Louis Stevenson 

La isla dormita;

en la cruz tesoro

tiembla la infancia.

Mario Levrero

Un sueño escribe;

el hombre que lo sueña

borra su nombre.

Georges Perec

Falta una letra.

El mundo, minucioso,

cede a callar.

Scott Fitzgerald

Brilla el verano;

y el oro de Gatsby

oxida el tiempo.

Severo Sarduy

Barroca la luz;

luna multiplicada

hasta abolirse.

 Lovecraft

Noche de estrellas,

un dios oscuro ve

cuánto lo soñamos.

Thomas Mann

Mustia montaña;

el tiempo enferma al hombre

con lenta nieve.

Camus

El sol persiste;

Sísifo, con su piedra,

inventa sentido.

 Lezama Lima

Fruta de sombra;

la imagen se desborda

sobre la noche.

Silvina Ocampo

La niña mira

su muñeca y descubre

que está soñando.

Virginia Woolf

Una ola esgrime

la conciencia dispersa,

como una lámpara.

Truman Capote

La voz se enfría;

en la callada nieve

arde un cuchillo.

Charles Bukowski

Bar sucio y luna;

un vaso bebe al hombre

que no se rinde.

Oscar Wilde

Bello el pecado;

un espejo envejece

detrás del rostro.

Henry Miller

Arde la carne;

Nueva York amanece

con piel desnuda.

Astor Piazzolla

Bandoneón;

Buenos Aires desgarra

su propio pulso.

Palas Atenea

Magno intelecto

con ojos de lechuza:

cesa la espada.

Saki

Sonríe el zorro;

la cortesía esconde

dientes de seda.

Pablo Neruda

Crece la noche;

una dicción de amor

pesa entre el mar.

Octavio Paz

Entre silencios

el instante descubre

su doble rostro.

Juan Rulfo

Arde Comala;

cada muerto me nombra

desde la cal.

Umberto Eco

Entre anaqueles

un laberinto lee

a quien lo busca.

Juan Goytisolo

Idioma en ruina;

cada frontera deja

un despatriado.

Walt Whitman

Canto mi cuerpo;

bajo infinitas hojas

respira el mundo.

Friedrich Nietzsche

Dios ha callado;

un abismo contempla

al que lo nombra.

 Kafka

La puerta abierta;

nadie entra porque aguarda

que lo autoricen.

John Keats

Tiembla la rosa;

su belleza ya conoce

la eternidad.

 Flaubert

Frase perfecta;

una palabra más

inmola al mundo.

Byron

Arde el océano;

un héroe sin sombra,

ni alguna dama.

Páez Vilaró

Tonal tambor;

tiñe el sol Casapueblo

y a su memoria.

Camilo José Cela

Camino y polvo;

España es en su voz

sus cicatrices.

Alfonsina Storni

El mar que llama;

nombre hundido en la arena

sin dueño alguno.

*Mariana Saldain Pioli: (Rocha, 1937-2009) maestra, docente de idioma español en secundaria,(donde dictó clases al autor), destacada investigadora, autora y gremialista rochense.

**Enrique Lorenzo: (Salto, 1962-2002); lingüista, autor y docente de Lingüística en el Instituto de Profesores de Artigas,(IPA), (donde dictó clases al autor). 

Datos del autor

Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.

Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.

Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.

Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).