Vindicación de los “haikus”
In memoriam *Mariana Saldain Pioli y **Enrique Lorenzo.
Nuestra contemporaneidad se rige por la celeridad, la sobreabundancia discursiva y una suerte de diáspora atencional que, sin pretenderlo, acaba posicionando al haiku, con su ascética arquitectura verbal, (de 5-7-5 sílabas), en el más inesperado pero conveniente sincronismo. Más que una supervivencia de la tradición nipona, el haiku encarna hoy una verosimilitud poética: restituir cierta profundidad al instante mediante la máxima concentración del lenguaje. En un orbe global jactancioso de haberlo revelado todo, la mayor virtud de esta estructura poética acaso consista, en recordar que todavía perviven “elementos” o circunstancias que sólo pueden ser insinuados mediante esa enunciación formal y no otra. Tal resistencia estética propone, además, ante el exceso verbal,(ruido), y la saturación de imágenes de los “mass media”, la suspensión ecuánime del “instante”; generando que tres versos, por otra parte, actúen como una mínima cámara o cápsula de silencio donde la experiencia, despojada de explicación, recupera el rigor originario de la percepción y posiciona al poema dentro de un tiempo natural en el que el lector acaba por completar aquello que el texto deliberadamente omite.
A partir de este pormenor aflora una paradoja esencial; el haiku registra un acontecimiento insignificante, (una rana, la lluvia, un insecto, la caída de una hoja) y, mediante esa minúscula circunstancia insinúa una metafísica que no explica el universo, sino que lo deja comparecer. En ello reside su afinidad con ciertas intuiciones del budismo zen, aunque sería reductivo concebirlo como una mera doctrina poética del zen, ya que el haiku no necesita proclamar la “iluminación” porque le basta con sugerir que, al cabo de un instante, contemplar y comprender pueden representar el mismo acto. Por consiguiente, su naturaleza es más ontológica que descriptiva; el poeta no inventa necesariamente un objeto, más bien devela una relación ignota entre las cosas; así la roca, el petirrojo y el silencio dejan de ser elementos exteriores y se convierten en términos de una correspondencia que el lenguaje apenas alcanza a precisar. Quizá por ello el haiku constituya una de las formas más rigurosas de la poesía ya que exige renunciar a la explicación, al ornamento innecesario, a la ampulosa retórica que pretende sustituir la inherente experiencia perceptiva. Su ambición no consiste en decirlo todo, sino en conseguir que tres líneas sobrevivan a la extinción de quien las escribió. Por lo que, en última instancia, el haiku no es, ni más ni menos, que otra insistente maquinación humana contra el olvido, dotada de aquella sospechosa dignidad de lo eterno, que tiñe lo efímero con polícromas pinceladas de absoluto.
James Joyce
Dublín se sueña;
y aquella palabra abre
todos los mares.
Francisco de Goya
Negra la noche;
bajo el sueño del mundo
ríe Saturno.
Sebastian Bach
Orden celeste:
cada “fuga” contiene
un Dios sin rostro.
Joaquín Torres García
El sur del cielo
ordena sus símbolos:
todo es medida.
Marcel Proust
La magdalena…
el tiempo, súbitamente,
vuelve a ser nadie.
Jesucristo
Clavo y silencio;
la eternidad expira
entre ladrones.
Buda
Cae aquella hoja.
Nadie pregunta al viento
quién fue primero.
Dostoievski
Bajo la nieve,
Dios interroga al hombre
desde su abismo.
Harold Bloom
Shakespeare…
un muerto engendrando otro
en un lector.
Louis Stevenson
La isla dormita;
en la cruz tesoro
tiembla la infancia.
Mario Levrero
Un sueño escribe;
el hombre que lo sueña
borra su nombre.
Georges Perec
Falta una letra.
El mundo, minucioso,
cede a callar.
Scott Fitzgerald
Brilla el verano;
y el oro de Gatsby
oxida el tiempo.
Severo Sarduy
Barroca la luz;
luna multiplicada
hasta abolirse.
Lovecraft
Noche de estrellas,
un dios oscuro ve
cuánto lo soñamos.
Thomas Mann
Mustia montaña;
el tiempo enferma al hombre
con lenta nieve.
Camus
El sol persiste;
Sísifo, con su piedra,
inventa sentido.
Lezama Lima
Fruta de sombra;
la imagen se desborda
sobre la noche.
Silvina Ocampo
La niña mira
su muñeca y descubre
que está soñando.
Virginia Woolf
Una ola esgrime
la conciencia dispersa,
como una lámpara.
Truman Capote
La voz se enfría;
en la callada nieve
arde un cuchillo.
Charles Bukowski
Bar sucio y luna;
un vaso bebe al hombre
que no se rinde.
Oscar Wilde
Bello el pecado;
un espejo envejece
detrás del rostro.
Henry Miller
Arde la carne;
Nueva York amanece
con piel desnuda.
Astor Piazzolla
Bandoneón;
Buenos Aires desgarra
su propio pulso.
Palas Atenea
Magno intelecto
con ojos de lechuza:
cesa la espada.
Saki
Sonríe el zorro;
la cortesía esconde
dientes de seda.
Pablo Neruda
Crece la noche;
una dicción de amor
pesa entre el mar.
Octavio Paz
Entre silencios
el instante descubre
su doble rostro.
Juan Rulfo
Arde Comala;
cada muerto me nombra
desde la cal.
Umberto Eco
Entre anaqueles
un laberinto lee
a quien lo busca.
Juan Goytisolo
Idioma en ruina;
cada frontera deja
un despatriado.
Walt Whitman
Canto mi cuerpo;
bajo infinitas hojas
respira el mundo.
Friedrich Nietzsche
Dios ha callado;
un abismo contempla
al que lo nombra.
Kafka
La puerta abierta;
nadie entra porque aguarda
que lo autoricen.
John Keats
Tiembla la rosa;
su belleza ya conoce
la eternidad.
Flaubert
Frase perfecta;
una palabra más
inmola al mundo.
Byron
Arde el océano;
un héroe sin sombra,
ni alguna dama.
Páez Vilaró
Tonal tambor;
tiñe el sol Casapueblo
y a su memoria.
Camilo José Cela
Camino y polvo;
España es en su voz
sus cicatrices.
Alfonsina Storni
El mar que llama;
nombre hundido en la arena
sin dueño alguno.
*Mariana Saldain Pioli: (Rocha, 1937-2009) maestra, docente de idioma español en secundaria,(donde dictó clases al autor), destacada investigadora, autora y gremialista rochense.
**Enrique Lorenzo: (Salto, 1962-2002); lingüista, autor y docente de Lingüística en el Instituto de Profesores de Artigas,(IPA), (donde dictó clases al autor).
Datos del autor
Darío Amaral, docente y autor uruguayo, nacido en Rocha en 1974; estudió literatura en el IPA, (Montevideo). Sus cuentos, ensayos y poemas han sido publicados en diversas antologías, revistas literarias y periódicos de Uruguay, Argentina, Chile, México y España.
Participó en seminarios y talleres de lecto-escritura, en programas televisivos y radiales de cultura general y en el Proyecto Cultural Uruguay Te Leo, auspiciado por el MEC.
Recientemente obtuvo el Premio Nacional Constancio C. Vigil de narrativa.
Obras: Cuentos de Felisberto Hernández,(Ediciones MEC-2012); El Estampido de la Entraña Oriental,(Irrupciones Grupo Editor-2018); Confesiones de un Oriental Cuerdo en Desacuerdo,(Irrupciones Grupo Editor-2019); La Melancólica Oquedad del Caracol Ermitaño,(Editorial La Coqueta-2023); Los Centinelas del Cordón,(El Viento Editor-2025).





