mayo 15, 2026

Israel: El olivo bajo las bombas

Escribe Nahuel García Rocha

Hay algo de patético en la indignación selectiva del mundo. Es como si la moral internacional se activara solo cuando conviene, como si los cohetes que caen sobre Jerusalén o Ashkelon fueran de utilería, mientras los que responden desde Israel fueran crímenes. Lo dijo Samuel Huntington en su célebre ensayo El choque de civilizaciones, no habrá guerras ideológicas, sino culturales, los valores y las creencias serán las trincheras del siglo XXI. Y allí estamos, cumpliendo la profecía, con precisión quirúrgica y cinismo televisado.

Israel, guste o no, es una anomalía brillante en un vecindario donde la disidencia suele pagarse con prisión, la blasfemia con la muerte y la homosexualidad con la lapidación. Es el único país de Medio Oriente donde una mujer puede votar, divorciarse, conducir su auto o simplemente salir a la calle sin esconder su rostro. Donde hay elecciones, parlamento, prensa libre (aunque feroz) y una sociedad que se devora a sí misma en debates públicos, mientras a escasos kilómetros de distancia, opinar libremente puede costarte la vida. Esa comparación, tan obvia, resulta incómoda para la izquierda global, que prefiere un romanticismo revolucionario de café antes que el peso concreto de la realidad.

Israel no pidió las guerras que libró. Las sobrevivió. Cinco veces fue atacado, cinco veces resistió. Y lo más insólito, después de cada victoria, devolvió territorios (el Sinaí a Egipto, Gaza a los palestinos) y lo hizo expulsando a su propia gente de allí, con dolor y con la promesa, ingenua quizá, de que la paz vendría después. Pero la paz no vino. Vinieron los misiles, los túneles, los discursos teocráticos que llaman a “borrar al Estado judío del mapa”. ¿Qué debería hacer un país así? ¿Esperar con paciencia la próxima salva? ¿Aguardar, en nombre de la corrección política, que caiga el siguiente proyectil antes de permitirse reaccionar?

Lo decía Clausewitz, la guerra no es un fin, sino la continuación de la política por otros medios. Y cuando la política se agota, cuando el interlocutor no reconoce tu derecho a existir, no hay diálogo posible. Decir que Israel “debe dialogar” con quien en su carta fundacional jura su destrucción no es progresismo, es ignorancia voluntaria (o peor aún, hipocresía de salón). La paz, sí, es un ideal. Pero la paz también exige un socio que no esté obsesionado con tu aniquilación.

Detestamos la guerra, porque en toda guerra mueren inocentes. Pero detestar la guerra no equivale a rendirse. Israel no puede darse ese lujo. En Tel Aviv la libertad de prensa es tan ruidosa como los cohetes que a veces interrumpen las transmisiones. Es el único país donde puedes marchar con una bandera del arcoíris sin temer ser arrojado desde un edificio. El único donde una diputada musulmana puede enfrentarse verbalmente al primer ministro en pleno Parlamento. No es un Edén, no es perfecto. Pero es, comparativamente, el único pedazo de tierra libre entre mares de censura.

Y, sin embargo, la izquierda internacional (esa que se arroga la defensa de los derechos humanos) parece fascinada por idealizar a quienes queman banderas y odian la libertad que dicen representar. Como si el oscurantismo teocrático fuera una forma de resistencia cultural, una especie de exótico desafío al imperialismo occidental. Qué ironía, los mismos que se escandalizan por un tuit “ofensivo” justifican a quienes ejecutan periodistas. El progresismo moderno se volvió tan posmoderno que perdió el sentido de la contradicción.

La defensa de Israel, por tanto, se volvió una rareza. No porque sea un dogma, sino porque implica asumir que el mundo no es simétrico. Que hay democracias imperfectas y tiranías refinadas. Que no todos los conflictos tienen dos culpables equivalentes. Que la moral no se mide en proporciones de víctimas, sino en principios. Y que, aunque nos duela admitirlo, la libertad (esa palabra gastada) tiene enemigos jurados.

Decía Isaiah Berlin que la historia de la humanidad es la historia de la libertad amenazada. En Israel, esa amenaza no es teórica. Es diaria. Y por eso el país actúa, a veces con dureza, a veces con errores, pero siempre con la certeza de que no hacerlo sería su fin. Los que juzgan desde la distancia deberían recordar que las naciones pequeñas no tienen el privilegio de equivocarse dos veces seguidas.

Israel no es un santo, pero tampoco un demonio. Es un Estado moderno, democrático, rodeado por quienes niegan su existencia. Es el espejo en el que el mundo libre debería mirarse para preguntarse si realmente entiende lo que significa defender sus valores. Porque quizá el problema no sea Israel, sino el cómodo deseo global de que alguien más pelee las batallas morales por nosotros.

Y mientras tanto, los mismos que en los años setenta citaban a Sartre para justificar la violencia revolucionaria, hoy tuitean consignas de “paz mundial” desde sus teléfonos fabricados por dictaduras asiáticas. Qué ternura. Qué coherencia. Qué trágico espectáculo de ignorancia sofisticada.

Israel seguirá ahí. Con sus contradicciones, con su ruido, con su obstinada defensa de sí mismo. Y seguirá siendo, mal que les pese a muchos, la única democracia real del Medio Oriente. Lo demás es discurso para europeos con culpa y latinoamericanos que nunca leyeron a Huntington (pero repiten sus prejuicios con entusiasmo de seminario).

Porque defender a Israel hoy no es una moda, es un acto de honestidad intelectual. Y en este tiempo de impostores, eso ya es casi un milagro.