El fuego no espera por la burocracia: Cebollatí exige su cuartelillo
Escribe Juan M. Jara
Vivimos en un país chico, de distancias que a golpe de mapa parecen insignificantes. Pero cualquiera que conozca el interior profundo sabe que los kilómetros se miden distintos según el lado del mostrador en el que te toque estar. Para la gente de Cebollatí, acá en el rincón de Rocha, la geografía no es solo un paisaje hermoso de ríos y producción; a veces, se siente como una condena de desamparo.
Hace años que el pueblo viene pidiendo algo que en cualquier ciudad se da por sentado, un cuartelillo de bomberos. Un techo, un camión, un par de manos preparadas para cuando las papas queman. Literalmente. Sin embargo, la respuesta que llega desde las oficinas de Montevideo, de la Dirección Nacional de Bomberos, es siempre el mismo «no» frío, envuelto en tecnicismos y planillas de Excel. Te dicen que los números no dan, que el presupuesto es acotado, que según las estadísticas no hay tantos llamados como para justificar el gasto. Pero, ¿desde cuándo la seguridad y la vida de las personas se miden con una calculadora?
La hora más larga del mundo
Pongámonos en los zapatos de un vecino de acá. Imagina que estás en tu casa, esa que te costó años levantar, o en tu comercio, el sustento de tus hijos. De golpe, un cortocircuito, una chispa, el fuego que empieza a lamer las cortinas. El pánico te aprieta el pecho. Llamas al servicio de emergencias. ¿Y qué te dicen? Que los bomberos ya salen… pero vienen desde Lascano o desde el Chuy.
Cualquiera que haya manejado por la zona sabe lo que eso significa. Estamos hablando de una hora de viaje, siendo optimistas y si los caminos acompañan. Sesenta minutos. Intenta quedarte quieto mirando el reloj durante un minuto entero; se hace largo. Ahora imagínate esperar sesenta de esos minutos mientras las llamas se comen tus recuerdos, tus herramientas de trabajo, o mientras sabes que hay alguien atrapado adentro. En la dinámica de un incendio, una hora no es tiempo de respuesta, es llegar a juntar cenizas. Es la diferencia matemática entre un susto con daños materiales y un velorio.
Es desesperante sentir que, para el Estado, hay ciudadanos de primera y de segunda según el código postal que tengan. El fuego quema exactamente igual en la capital que en el pueblo más alejado de Rocha, pero parece que las respuestas institucionales no viajan a la misma velocidad.
La trampa de las estadísticas
El argumento oficial de que «no hay tantas intervenciones registradas en la zona» es de una lógica perversa. Básicamente, nos están diciendo que tenemos que esperar a que ocurra una tragedia mayúscula, una catástrofe que cope los informativos de televisión, para que recién ahí se justifique la inversión. Es esperar el muerto para poner el semáforo.
Cebollatí no es un páramo desierto. Hay una comunidad estable, familias, gurises que van a la escuela, abuelos. Y además, estamos en el corazón de una región con una actividad arrocera y forestal enorme. Cualquiera que trabaje la tierra sabe el peligro que implican las temporadas de sequía, el movimiento de maquinaria pesada y el acopio de materiales inflamables. Los riesgos están ahí, latentes, todos los días del año. Ignorarlos porque «todavía no pasó nada grave» no es gestión; es timba. Es jugar a la ruleta rusa con la tranquilidad de un pueblo entero.
Nadie está pidiendo un helipuerto ni lujos extravagantes. Lo que la gente de Cebollatí reclama es un derecho básico, el derecho a no sentirse desprotegidos cuando se apaga la luz y se desata una emergencia.
Si falta presupuesto, que sobre voluntad
Los vecinos no son necios. Todo el mundo entiende que los recursos del Estado son finitos y que la manta siempre es corta. Pero cuando las cosas importan, el ingenio aparece. Lo que indigna no es la falta de plata; es la falta de voluntad política para buscarle la vuelta. La “no” rotunda y burocrática como única respuesta es lo que golpea en el orgullo de la comunidad.
Si el problema es que no hay personal suficiente o que los costos de mantener un destacamento completo son muy altos, ¿por qué no sentarse a conversar en serio? Cebollatí ha demostrado mil veces que es un pueblo solidario y resiliente. Se podría armar un cuerpo de bomberos voluntarios, capacitar a los propios vecinos que están dispuestos a poner el cuerpo para cuidar a los suyos. Se puede firmar un acuerdo entre el Ministerio del Interior y la Intendencia de Rocha para cofinanciar un lugar mixto, para que el esfuerzo sea compartido. Caminos hay de sobra cuando hay ganas de solucionar un problema. Lo que no se puede hacer es cruzarse de brazos y mirar para otro lado esperando que la suerte nos siga acompañando.
El valor de estar en el mapa
A veces da la sensación de que, para el poder central, el interior solo existe cuando llegan las elecciones o cuando las cifras de exportación de la producción local dan bien. Ahí sí nos miran. Pero cuando se trata de devolver un poco de ese esfuerzo en servicios esenciales, las rutas se vuelven demasiado largas y los pueblos demasiado chicos.
La Dirección Nacional de Bomberos tiene que salir de la comodidad de los escritorios montevideanos y venir a embarrarse las botas. Tienen que escuchar el miedo genuino de una madre, la preocupación de un productor, el reclamo de una comunidad que no quiere ser noticia por una desgracia.
La vida de un uruguayo en el último rincón de Rocha vale exactamente lo mismo que la de cualquiera que viva a tres cuadras de la plaza principal de la capital. No queremos discursos de descentralización vacíos de contenido. Queremos respuestas concretas. El cuartelillo de Cebollatí no puede seguir siendo una promesa postergada o un expediente juntando tierra en un cajón. Hay que levantarlo ya, antes de que el próximo llamado de auxilio nos demuestre, de la peor manera, que el fuego no sabe de burocracia.




